Incongruencias en la conducta criolla

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La sentencia de que somos un país muy especial mantiene toda su lozanía al final de la primera década del siglo XXI. En nuestro ambiente humano se dan todas las condiciones de una pobreza que espanta, aventada por la que proviene de Haití en su migración indetenible.

Por el otro lado, un derroche y exhibición de sociedad moderna rica, con sectores disfrutando de todo lo que se logra en otros países, después de muchos años de sacrificios.

De ahí es más importante el drama que se vive desde hace tiempo con el crecimiento del narcotráfico y el denunciado involucramiento de sectores de la media y alta sociedad que ya no escapan de la justicia, como tampoco pudieron hacerlo los banqueros culpables del colapso financiero del 2003.

Así mismo es más importante disfrutar del desfile interminable de los mejores artistas internacionales que ocupan semanalmente los principales escenarios, con presentaciones, casi todas a casa llena de un público ávido de disfrutar espectáculos de calidad.

Todos esos somníferos, cómplices del placer, adormecen otras cualidades de la ciudadanía, que no asimila en toda su magnitud la crisis económica que atravesamos.

La misma no es más grave debido a las adecuadas medidas que desde hace meses aplican las autoridades monetarias y el Banco Central, que han sabido equilibrar los embates de la crisis mundial con una justa orientación, mediante apropiadas resoluciones para que no se produzca un colapso de la estabilidad social. 

Vivimos en un mundo de fantasía que nos ha colocado como uno de los países más felices de la Tierra, ocultando las realidades que ha llevado a la pérdida de empleos de miles de trabajadores, al cierre de numerosas empresas, disminución de su producción y al derrumbe de las recaudaciones fiscales en momentos que no se ha sabido impulsar un programa de estímulos con énfasis en la industria de la construcción, que está estancada por la tozudez del gobierno de tan solo favorecer a sus contratistas favoritos.

Y en ese mundo de fantasía, no asimilamos la realidad de la precariedad de los servicios públicos que otorgan una gracia cuando garantizan energía las 24 horas, como si tal cosa no es un derecho de una ciudadanía que paga por el mismo, que somos indiferentes frente a la guerra en contra de la delincuencia que llevan al exterminio de decenas de antisociales de manera expedita y brutal y al mismo tiempo nos vemos arropado por un crecimiento hacia la aceptación del lavado de dinero que ha hecho de nuestra capital un orgullo caribeño lleno de torres así como de la actuación de los sicarios que cometen fechorías por las cuales no son apresados.

Tales incongruencias de una conducta social tan peculiar nos impiden dedicarnos con más ahínco a la tarea de consolidar al país en su desarrollo pero encuentra de frente a los políticos gobernantes celosos de la intromisión de sectores que pudieran hacerle sombra al gobierno de los seminarios y encuentros o echarle un jabón al sancocho de la corrupción que han estado cocinando desde hace tiempo y ahora buscan apoyarse en opiniones extranjeras para que sean la que certifiquen si hay o no hay corrupción en el gobierno peledeísta.