Indignación

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Estamos hartos, indigestos, de política. Corrijo: hartos de la pestilencia de la mala política, pero ¿cómo desligarnos de lo que sucede, cuando vemos que el país se nos cae encima? El pudor patriótico, el honor, la dignidad, han ido descendiendo en macabra espiral. Cuando parece que hemos tocado fondo y que es inminente una vigorosa acción gubernamental para poner las cosas en mejor lugar, el vocero oficial del gobierno, señor Roberto Rodríguez Marchena, defiende la inmunidad-impunidad concedida a los soldados (y etc., deduzco yo) estadounidenses que cometan cualquier tipo de crimen o delito en la República Dominicana.

Eventualmente serán juzgados en su tierra, en la tierra cuyos peores intereses sirven sin remilgos. Tal concesión, terrible, ha sido rechazada en otros países del continente.

Ya había yo escrito que, dadas las muestras de corrupción en nuestra justicia, por dinero o por miedo a perder salarios y ventajas (“El Salario del Miedo”, se titula una famosa película francesa), nuestra justicia no es confiable, pero se refiere a que no es confiable en su lenidad, a que puede ser comprada o actuar en obediencia a órdenes de engavetamientos o sentencias mínimas que, además, no se cumplen.

Yo, sin habilidad para eso, quise ironizar que los norteamericanos querían buena justicia para sus súbditos y no confiaban en la nuestra, que no anda bien.

Lo malo es que nada anda bien. Sólo son buenas las promesas. Mientras tanto existen discrepancias enormes entre altos funcionarios del gobierno, sin que el presidente averigüe quién tiene la razón y destituya a los incompetentes… o lo que sea.

Y nadie renuncia, aunque tenga encima denuncias de su superior, que lo muestran como un delincuente junto a su extenso equipo de subordinados de cualquier nivel.

No se que le echan agua al vino, sino que no hay vino y el agua está inmunda.

Por otro lado, las “balas perdidas”, añadidas a las balas ganadas (las que impactan el blanco deseado) añaden un luto diario a las familias dominicanas. Mayormente niños, durmiendo en su cuna o jugando frente a su vivienda pobre, han sido fatalmente impactados. ¿Qué se ha hecho, a la medida que demanda tal realidad? Nada. Ahora los militares, presentes en un barrio popular capitaleño como “Loma del Chivo” son acogidos con alegría porque protegen de la violencia que ha imperado en el barrio. “Nosotros estamos felices –dicen–. Los niños juegan en la calle, no hay sobresalto… deben dejar a los militares para siempre”.

Y uno se pregunta, ¿no sería más adecuada una Guardia Nacional como institución armada única, compuesta por la parte sana de la Policía Nacional (originalmente denominada Dominican Constabulary por los Marines que la crearon, lo cual da idea de intenciones y propósitos) y miembros escogidos en la otras armas: Ejército, Marina, Aviación?

No estamos en guerra ni lo vamos a estar. Si en un reventón de locura lo intentásemos, no nos iban a dejar. Nos corresponde tener autoridad militar para la vigilancia permanente de nuestro mar territorial, de nuestro espacio aéreo, de nuestro suelo y de nuestro cielo. Nada de lo cual es efectivo. Los viajes mortíferos a Puerto Rico, continúan; nuestro cielos son cruzados por aviones cargados de droga o contrabando y recién se habla –se habla– de alguna pista construida para tales fines. Carbón y árboles dominicanos son trasladados regularmente en yolas hasta Haití.

Ahora los insaciables norteños deciden instalar una Escuela para sargentos en el país. ¿Otra Escuela de Las Américas, otra academia militar para el abuso como la que formó, en Centroamérica, torturadores experimentados y asesinos y abusadores sin escrúpulos que, a veces, no les salieron bien, como Noriega?

Abundan las quejas con la debilidad del gobierno dominicano.

No hay dudas de que tras el espanto del gobierno de Hipólito Mejía, el de Leonel Fernández todavía ofrece esperanzas.

Gobernar no es fácil. Nunca lo ha sido. Tampoco es grato o gratificante, pero quien se mete en ese barullo de incongruencias, en ese charco de mentiras, ese personaje, El Presidente necesita, además de una mente fría, un enorme valor personal y una capacidad de decisión acerada y gruesa, firme y dispuesta a enfrentar lo que venga a consecuencia de sus patrióticas disposiciones.

Es cuestión de hacer lo que hay que hacer y que pase lo que tenga que pasar.

Los sabios de la antigüedad francesa lo sabían cuando proclamaban como consejo: “Haz lo que debas y que pase lo que tiene que pasar” (fais ce que dois, advient que pourrá).