Indignación

NARCISO ISA CONDE
Pensé en mi hijo Pavel cuando, antes de cumplir los dos años, intentaron secuestrarlo cuando yo vivía en la clandestinidad y Lulú estaba en el trabajo. Eso pasó en la calle Sánchez No.10, donde vivíamos entonces. Pensé en Narcisito cuando lo conocí después de dos meses de nacido en la casa de Cutum Jiménez y doña Mireya Billini. Allí estuve escondido en los días duros de 1970. Pensé en el rostro dulce de Ricardo (Rico) en sus días de infancia.

Pensé en la carita hermosa y la dulce sonrisa de Narciso Isaac, nuestro primer nieto.

Pensé en la terneza de Isabel, con apenas dos meses de nacida.

Pensé, pensé, pensé…

Y en la medida pensaba, me he llenado de indignación al tenor de la lectura sobre lo ocurrido en el albergue infantil de San Rafael del Yuma.

Niñas, niños violados y prostituidos.

Sesiones de videos pornográficos.

Explotación sexual comercial de seres socialmente y físicamente indefensos, de menores de edad.

Población infantil instrumentalizada para hacer negocios y satisfacer los instintos sexuales generados desde una masculinidad mal construida y profundamente deformada.

Niños y niñas dramáticamente traumatizados.

Inocencia violada.

Ternura invadida y desgarrada.

Familias invadidas de dolor.

Sociedad horrorizada.

Iglesia católica estremecida por un escándalo singularmente perverso. Cristianos honestos vilmente estafados.

Un albergue infantil bajo la tutela de la Diócesis de Higüey convertido en centro de comercio sexual en las narices del Obispo y de la estructura diocesana, después de una cadena de hechos turbios cuidadosamente protegidos y silenciados.

Una dependencia del programa social de la Iglesia Católica convertida en empresa (libertad de empresa, competitividad sin límites, privatización de todo) dedicada a la utilización de menores para relaciones sexuales remuneradas, pornografía infantil y de adolescentes, utilización de niños y niñas en espectáculos sexuales sobre la base de un intercambio económico.

Un producto de una sexualidad conformada sobre base patriarcal, que concibe a la mujer y a las personas de menor edad como simples objetos de placeres a instrumentalizar.

Un producto del capitalismo neoliberal empapado de machismo, de masculinidad mal construida dentro de una concepción de la persona menor y del cuerpo joven como objeto a ser tomado o adquirido, como si se tratara de un carro o una botella de whisky para satisfacer un deseo de placer en término egoísta.

Un crecimiento cuantitativo y cualitativo de viejas deformaciones.

Recordé entonces a aquel famoso obispo que, en esa misma diócesis, contrataba niños y adolescentes dizque para el servicio doméstico y los convertía en instrumento de placer sexual a nivel individual.

Recordé a esos y otros hechos similares y pensé en la abstinencia sexual y el celibato como refugio de esas malas prácticas, ahora potenciadas hasta convertirse, en el caso de la iglesia oficial, en explotación sexual comercial de los niños y las niñas de un albergue.

Hombres que no seducen y no conquistan, que encuentran el poder porque pagan.

Una sexualidad masculina mal construida que motiva ir a lo rápido, hacer con otros seres lo que no hacen con su esposa o compañera: tener relaciones con personas mucho más jóvenes, conseguirse muchachitas…. da lugar a estos fenómenos escandalosos y trágicos.

Y en el caso de personas sometidas formalmente a una abstinencia sexualmente reñida con la biología humana da lugar a la doble moral y al uso de las relaciones de poder para instrumentalizar menores.

Pensé en las niñas de ese albergue y me indigné.

Pensé en la inocencia y la dulzura de nuestros niños y niñas, de los nuestros y los tuyos, de los de todas las familias y me indigné más aún.

Pensé en las bestias que propician esta explotación infantil y en el sistema y la cultura dominantes que producen y reproducen, y me llené de cólera al punto de reventar.

Así estoy. No es odio. Es dolor, es indignación, es sentimiento de rebeldía, es determinación de combatir la dominación capitalista y patriarcal con toda el alma y todo mi ser.