Iñigo, con vida propia en las dunas

Fui a pescar a la bellísima Bahía de Ocoa y encontré pocos peces, pero una pregunta hecha por el propietario de un restaurante en Punta Salinas me dejó boquiabierto: “¿Y qué es de Iñigo, el filósofo escocés amigo suyo?”.

Debí dar razón de sus silencios, y sazonar recuerdo suyo.

En su asombroso ensayo “Propinquity of Self”, que podría traducirse como “Cercanía de Propio Ser”, el científico y filósofo escocés Iñigo Montoya (descendiente del agustino español Luis de Montoya, autor de varias obras de índole ascética) plantea la inaudita tesis del carácter involutivo de la espiritualidad.

Montoya, pese a sus raíces hispánicas (su madre es de Ávila), renunció al castellano en su juventud, arguyendo la inutilidad de esta lengua para plantear o solucionar complejas cuestiones de física y astronomía. Según él, sólo el inglés sirve actualmente para llegar hasta los más elevados planos de la ciencia.

Al español, lo considera más propio para comunicar sentimientos o mentiras, para entrenar a la servidumbre doméstica y para la poesía.

Nuestro filósofo dedica buena parte de las 645 páginas de su ensayo “Propinquity of Self” a estudiar lo que él denomina “carácter involutivo de la  espiritualidad”. Según Montoya, muy pocos grupos humanos, comparten, inadvertidamente, el secreto de la felicidad.

 Ser feliz, explica el polígrafo anglófilo, puede resultar únicamente de dos causas pero hoy recordaré sólo una.

Esta es química. Montoya asegura que ciertos compuestos orgánicos poseen sustancias denominadas “ausitos”, las cuales resulta imposible aislar debido a su carácter transitivo (un concepto derivado, increíblemente, de la gramática castellana).

Los ausitos ocurren de manera natural, pero no son estables, sino que su existencia depende de la relación entre las cargas eléctricas de las moléculas que componen la masa en la cual se forman las condiciones para que estén presentes los ausitos.

La ciencia todavía no ha logrado aislar ni reproducir en un laboratorio a los ausitos, pero la comunidad científica acepta que existen luego de que Montoya explicara  los detalles, en su inglés prístino, en MIT, en Cambridge, a orillas del río Charles.

Pese a las elaboradas fórmulas, y complicados apotegmas Montoya se lamenta de que aparentemente, sólo el azar determina cuáles individuos pueden beneficiarse del efecto de los ausitos.

Que le pregunten a uno por Montoya en un bohío de techo de cana en Salinas sin dudas causó efluvios de ausitos.