Inmigración fuera de control

A pesar de los controles dispuestos para apoyar el Plan de Regularización de Extranjeros, el ingreso de haitianos indocumentados sigue siendo un problema mayúsculo. La jefatura del Ejército afirma que en lo que va de año los militares en la frontera han devuelto más de 80 mil haitianos, pero personalidades con sólida fe pública, incluyendo obispos, sostienen que la presencia de estos inmigrantes ha seguido en aumento. Es evidente que no bastan los actuales controles militares fronterizos.

No parece que estén funcionando los controles que limitan la proporción de personal extranjero que pueden contratar las empresas. La presencia de mano de obra haitiana en la construcción y la agricultura parece desbordar los límites, sobre todo en el sector informal. Es evidente que hay mucha porosidad en la frontera, por donde se cuelan los indocumentados.

Sería utópico pretender que Haití colabore en el control de su migración hacia el lado dominicano. Al Gobierno haitiano le viene como anillo al dedo ese éxodo que aligera la presión social interna, y por demás el régimen ha demostrado que carece de vocación por el respeto de acuerdos bilaterales. Al Estado dominicano no le queda más opción que hacer valer nuestra soberanía de la manera más enérgica posible, aunque con respeto absoluto de los derechos humanos.

El imperio de la dedocracia

La democracia interna de los partidos está en sus peores momentos, como parte de las patologías políticas que afectan al régimen por el que hemos optado. La dedocracia se ha impuesto sobre la consulta popular como método para asignar candidaturas. Funciona así en la mecánica de escogencia desde el principal cargo hasta el último. En ocasiones, y sin que signifique alivio del mal, se apela a encuestas cuya confiabilidad, por razones obvias, siempre queda en entredicho.

Es mal síndrome para un país que cada vez tiene menos partidos de gran peso social y en el que a los emergentes no se les conceden muchas opciones. El clientelismo político nos está erosionando la esencia de la democracia, que se manifestaba por las pujas internas, las convenciones o las primarias. Un estilo que da mala espina.