Insidia aparta a Duarte de guerra, no de la lucha

Juan Pablo Duarte volvió a pisar suelo dominicano con la esperanza de rehacer la patria en los campos de batalla, pero la intriga política lo apartó del escenario y truncó su deseo de compartir “los azares y vicisitudes” de la guerra.

Sus veinte años de exilio lo habían convertido en una reliquia, o en el peor de los casos, en un desconocido para la generación de dominicanos que creció en su ausencia.

El vacío que dejó fue llenado por otros, y nuevos líderes habían emergido en la contienda restauradora.

Cuando llegó con su grupo hacía seis meses que la República en armas tenía gobierno en Santiago, presidido por el general José Antonio (Pepillo) Salcedo.

Celebran llegada.  Al tocar tierra en Montecristi, los expedicionarios recibieron una ronda de aplausos de los lugareños, jefes militares y soldados que salieron a su encuentro.

Gobernaba la zona el general Benito Monción, quien los festejó y acomodó lo mejor que pudo, alborozado por la primera ayuda moral y material que recibía la lucha por la Restauración desde el extranjero. 

Los viajeros pasaron la noche en hamacas, aspirando el humo de cachimbos, rodeados de fusiles, trabucos, y el cricrí de los grillos.

Al día siguiente ensillaron caballos, acotejaron la carga, y partieron escoltados por Monción, impacientes por presentarse a la administración en Santiago.

En marcha rápida, Duarte cabalgó por las llanuras secas del Noroeste, siguiendo la línea de ondulantes colinas, pasando pueblitos desolados y campos incendiados, tributos de la guerra.

Encuentro.  Paró en Guayubín para ver a Ramón Mella, postrado por una disentería, inhabilitado para ejercer sus funciones de vicepresidente y ministro de Guerra.

Tenían veinte años sin verse y mucho que decirse, pero pocas energías. Duarte sucumbió a un ataque palúdico que retardó su viaje, y optó por anunciar su presencia el 28 de marzo.

“…Heme al fin, con cuatro compañeros más, en este heroico pueblo de Guayubín, dispuesto a correr con vosotros, y del modo que lo tengais a bien, todos los azares y vicisitudes que Dios tenga aún reservados a la grande obra de la Restauración Dominicana…”

Salcedo estaba en campaña en el Sur. A nombre del gobierno respondió Ulises F. Espaillat, vicepresidente interino, expresando júbilo por su regreso. Lo esperaban de un momento a otro, y Duarte reemprendió la marcha a Santiago, abatido por una fiebre alta.

El pueblo que quiso hacerlo Presidente dos décadas atrás, lo aclamó de nuevo al verlo pisar sus calles destruidas por la guerra. Su presencia elevó el espíritu de los santiagueros que vivían entre los escombros del incendio que arrasó la ciudad el 6 de septiembre de 1863.

Transparencia. A los representantes del gobierno, rindió cuentas del trabajo realizado en Caracas, del acopio de fondos, de los ingresos y gastos, con la misma pulcritud que exhibió en 1844.

La honradez de su manejo ilumina valores y caminos posibles, invita a mirar hacia dentro.¿Cuán honrados somos en nuestra propia conducta?

Con sobrada razón nos indigna la corrupción pública, pero raras veces reconocemos en nosotros la tendencia.

Cada acto personal deshonroso, grande o pequeño, energiza el espíritu de la corrupción nacional.

Robar la electricidad, el cable, los materiales del lugar de trabajo, sobornar la autoridad expresa la misma inclinación. No importa como lo racionalicemos.

Comisionado.  Después que rindió sus cuentas, el patricio esperó que le asignaran una posición en la guerra. Lo sorprendió una comunicación el 14 de abril del ministro de Hacienda, Alfredo Deetjen, participándole que sería enviado en misión diplomática a Venezuela.

Duarte no tardó en digerir el trago amargo. De inmediato contestó para declinar “el alto honor”, alegando su falta de salud, y resolvió viajar al campamento del presidente Salcedo.

Mientras organizaba su marcha, un comentario noticioso vino a rebosar su copa de amargura.

El corresponsal en Santo Domingo del diario cubano “La Marina” se refirió a él en términos peyorativos, y habló de su regreso como una “causa de complicación y disolución ”entre los generales restauradores, celosos de sus roles.

Volvían a rondarlo la intriga y la insidia, viejos caníbales que antes lo habían apartado de la política.

La maledicencia, el rumor público que busca descalificar siguen tan rampantes como en el tiempo de Duarte, dañando reputaciones, haciendo estragos en las relaciones sociales y personales.

Elige la unión. La nota lo puso a cavilar.¿Por qué enviarlo al exterior a la carrera, a veinte días de su llegada? Al día siguiente escribió a Espaillat diciendo que había cambiado de parecer.

Aceptaba el cargo no porque “tema que el falaz articulista logre el objeto de desunirnos”, sino para detener con tiempo los golpes enemigos.

Si he vuelto a mi patria después de tantos años de ausencia ha sido para servirla en alma, vida y corazón, siendo cual siempre fui motivo de unión entre los verdaderos dominicanos y jamás piedra de escándalo, ni manzana de la discordia.

Aunque aceptó la misión, apeló a Salcedo insinuando su deseo de permanecer en el campo de la guerra.

Si a suceder llegare que mi partida se tarde o deje de efectuarse, me será lo más grato el hallarme a su lado.

No hay constancia de que Salcedo respondiera la carta de Duarte.

Sus compañeros de expedición tuvieron otra suerte. Vicente Celestino ingresó al ejército de Gregorio Luperón; Rodríguez Objío, al del general Castillo, y el septuagenario Mariano Díez se unió al cuartel general de Salcedo. Oquendo pasó a dirigir un regimiento bajo las órdenes de Gaspar Polanco.

Duarte permaneció en Santiago acompañando a Mella en su lecho de muerte hasta que falleció el cuatro de junio. Poco después recibió cartas credenciales como ministro plenipotenciario en Venezuela, Nueva Granada y Perú.

 ZOOM

1. Franqueza
La franqueza sirve a la unión, al consenso, construye puentes de entendimiento y retroalimenta las relaciones cuando la comunicación se basa en el tacto y el respeto. Su antítesis es el retorcimiento. Ser francos con lo que valoramos como verdad, no es licencia para la ofensa, las generalizaciones ni los juicios peyorativos, como los que recayeron sobre JPD.
2.  Ayuda
Aquilatamos a JPD por sus valores y la manera en que los vivió. Fiel a la idea de trabajar por la nación en toda circunstancia, Duarte terminó aceptando un rol que no quería en la causa de la Restauración. Como en otros momentos de su vida, optó por servir en las condiciones en que mejor podía. Prevaleció su deseo de ayudar. Ese espíritu de cooperación ha hecho posible el progreso humano. Hemos nacido para colaborar, al igual que las manos, los dientes, los pies, como observó el filósofo estoico Marco Aurelio.“Obrar como adversarios es contrario a la naturaleza”.
3.  Verdad
 La verdad engendra confianza, cimenta los lazos, facilita el trabajo, y aumenta la riqueza del conglomerado  que la practica. La verdad libera, su búsqueda no se limita al dogma. Se encuentra en la voz interior si somos capaces de oírla. La verdad es elusiva. Quien la aprende, dijo un sabio, no la penetra, quien la afianza no siempre la sopesa. Cosa del cielo es poseer la verdad, cosa del hombre es buscarla. Como valor de vida, la verdad es menos complicada que la mentira.

Las Frases

Juan Pablo Duarte

 Si he vuelto a mi Patria después de tantos años de ausencia ha sido para servirla con alma, vida y corazón, siendo cual siempre fui motivo de amor entre los verdaderos dominicanos y jamás piedra de escándalo, ni manzana de la discordia”.
Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que empezan- do por proscribir a per- petuidad a los fundado- res de la República, ha concluido por vender al extranjero la Patria, cuya independencia jurara defender a todo trance, he arrastrado durante veinte años la vida nómada del proscrito”.