Intemperie literaria

Intemperie literaria

La literatura sobrevivirá a todos los conflictos bélicos, sean con peñascos y flechas o con bombas atómicas y gases venenosos; sobrevivirá también a las variadas tecnologías que nos han ido arrollando: el alfabeto Morse, el telefonema abreviado sin conjunciones, radio, televisión, “internet”, “tweets”. El lenguaje comprimido, esquemático o esquelético, no afectará la literatura; más bien la ayudará con algunas herramientas y recursos procedimentales. El hombre “segrega” literatura del mismo que produce bilis o jugos gástricos. Las innovaciones de Gutenberg llevaron la literatura a mayor número de personas, pero no la “alteraron” en nada substancial. Lo mismo la moderna impresión directa y las prensas “offset”.
Lo único que ha variado con respecto a la literatura es su mercadeo y promoción. Los escritores siguen siendo tipos estrafalarios empeñados en subir lomas sin equipo para pernoctar en caso de tormenta. Los literatos son “especialistas” en ganar la mala voluntad de los gobernantes; críticas, juegos de palabras, ironías “inoportunas”, los llevan a menudo a las cárceles o al destierro. La buena literatura, la que continúa una tradición vieja y, al mismo tiempo, la modifica, mejorándola, ampliándola, transformándola expresiva o conceptualmente, no es bien recibida nunca. La incomprensión envuelve las cosas nuevas en una “neblina social”. El escritor original tiende a ser invisible.
Los editores necesitan vender libros; los que sean; lo importante es que lleguen ingresos a la caja registradora. “Cincuenta sombras de Grey”, novela erótica de una escritora británica, es un libro mucho más vendido que “Del sentimiento trágico de la vida”, de don Miguel de Unamuno; o que “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar. Nuestra época está diseñada para “mensajes de texto”, para las informaciones breves dirigidas a los “instintos básicos”. El “tweet” es un balbuceo intelectual de gran alcance.
El verdadero escritor vive hoy a la intemperie. Debe saber que le toca enfrentar “un cambio climático”: el de la educación sin humanidades, el de una organización social que desdeña los antiguos “valores tradicionales”. La filosofía no está de moda; las lealtades públicas tampoco. Sin embargo, la literatura dispone aun del “cara a cara” que es el periódico, de la “promiscuidad” que son las redes sociales, del envío directo “al interesado” a través de su dirección electrónica.

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