Inútil discreción geriátrica

Mario E. Pérez

Fui testigo del asedio romántico al cual sometió un amigo septuagenario a una joven con merecida fama de chivirica.

Sucedió en el apartamento del solterón, quien no había establecido relación matrimonial, y afirmaba que no estaba hecho para la monogamia.

El envanecido tenorio alardeaba frecuentemente de su potencia viril, y aquella mini tertulia no fue la excepción.

-Existe la creencia- dijo, sin dejar de balancearse en la mecedora que albergaba su anatomía geriatrizada- de que los hombres de mi edad sufren una inevitable disminución de su capacidad amatoria, pero puedo afirmar hoy que me siento en ese aspecto como un hombre de cuarenta añitos.

-No hay que exagerar, amigo mío, sobre todo cuando se está en presencia de una mujer joven, que quizás algún día comprobará lo contrario.

Mis palabras provocaron un aluvión de carcajadas de la muchacha, pero su pretendiente permaneció impasible, y la respuesta llegó de inmediato.

-Querida, no te dejes influenciar por este pesimista ex mujeriego, ya que es sabido que en la más placentera actividad que Dios ha inventado participan el cuerpo y la mente, no necesariamente en ese orden de importancia.

Una sonrisa burlona se fijó en los labios de la atractiva fémina, cuya minifalda se acercaba peligrosamente a los glúteos, mientras los senos, elevados por moderno porta pechuga, casi rozaban su cuello.

-Con los brassieres de hoy, ninguna mujer exhibe pectorales vecinos del ombligo- me dijo en una ocasión el diestro cortejante.

Me marché rápidamente, porque era notorio que mis interlocutores estaban a punto de iniciar una parranda en algún sitio de diversión.

Al día siguiente recibí una llamada telefónica del jactancioso mujeriego, y de inmediato le pregunté cómo había pasado las horas que siguieron a mi partida.

-Bueno, Mario- respondió con tono indefinible- me fui con ella a bailar y a beber a una discoteca; a eso de las tres de la madrugada la llevé a mi apartamento, y en el baño me bombié una pastilla de las que encampanan la chivería. Como era de esperar, me porté como un campeón, pero ella lo que me dijo fue que había comprobado que existían pastillas que realizaban milagros con los hombres viejos.

-¿Y qué respondiste?- pregunté, picada la curiosidad.

-Le dije que no usaba ningún potenciador sexual, y ella afirmó, usando lenguaje beisbolero, que un hombre de mi edad solo conecta dos jonrones con un bate medicado.

Como no pude frenar las carcajadas, el hombre optó por cortar la comunicación.