Investigación en ciencias forenses

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La ciencia al igual que los deportes tiene sus reglas y cada participante está en el deber de respetar dichas regulaciones para que podamos realizar una labor aceptada y reconocida por todos. El quehacer científico tiene como piedra angular la constante búsqueda de la verdad desde una perspectiva de duda. Cual tipo de planteamiento o hipótesis debe ser sometido a un riguroso análisis siguiendo una correcta metodología; en el caso de la patología forense debe arrojar unos resultados confiables fuera de toda duda médica razonable.
En la 35va, reunión anual de la Sociedad Americana de Patología Clínica celebrada en el ciudad de Chicago en 1956, el doctor Alan Moritz dictó una famosa conferencia titulada “Clásicos errores en Patología Forense”. Uno de ellos consiste en hacer declaraciones públicas de modo prematuro, así como hablar demasiado y en el sitio equivocado. Pudiésemos decir que este tipo de pifia también se nota con frecuencia en otras áreas del oficio forense.
En nuestro país cada vez es más frecuente ver, leer y escuchar en los diferentes medios de comunicación, declaraciones concluyentes de muertes acaecidas en circunstancias oscuras mucho antes de que las investigaciones hayan completado todo el proceso analítico.
Un ejemplo de ello es el caso de la niña Carla Massiel Cabrera, desaparecida el 25 de junio de 2015, en el que sale a la luz pública una información en donde se relata que la menor de 10 años fue asesinada para sacarle los órganos y venderlos a una clínica en Santo Domingo Este.
Tanto las autoridades policiales como judiciales debieron haberse reservado semejante tipo de información hasta que la misma pudiese ser confirmada mediante un serio y competente examen médico legal. Olvidaron que hay toda una familia, una comunidad, el país en vigilia, esperando la confirmación de dicha muerte.
¿Cuál debió ser la actitud investigadora? Escucharlo todo; no dar como bueno y válido lo oído, sino proceder a investigar profunda y detalladamente la situación. La experticia permitiría confirmar, negar, agregar o aclarar las hipótesis planteadas. Si se dice que la niña fue sepultada en equis lugar, entonces realizar la exhumación observando todos los detalles que el caso ameritaba. Se analizaría minuciosamente la vestimenta, si la había, seguido en un cuidadoso registro de los restos del cadáver. Si estaba en fase esquelética era de rigor el estudio pormenorizado de la dentadura, a través de la cual tendríamos datos muy precisos relativos a la edad y probablemente una identificación con un nivel de certeza muy parecido al estudio de ADN. El siguiente paso sería determinar la causa de la muerte y con ésta el modo jurídico del fallecimiento. Si el cadáver se hubiese registrado siguiendo con celo el protocolo de manejo de los cuerpos en fase avanzada o tardía de descomposición, ya sabríamos si los riñones, corazón o hígado se consumieron en parte con el fenómeno de la putrefacción, o si fueron removidos previo al deceso.
Dice un conocido axioma en Patología Forense que la investigación que comienza mal difícilmente termina bien. Ojalá que la desafortunada situación de Carla resulte ser la excepción.
De confirmarse la regla habremos alimentado el mito, en menoscabo del avance de la investigación forense dominicana. Resucitemos a Alan Moritz y hagamos que nos repita la advertencia de no hablar prematuramente, en demasía y al medio equivocado.