J. A. Osorio Lizarazo

R. A. FONT BERNARD
Coincidimos en el Palacio Nacional, en los años, en que se iniciaba la decadencia de la dictadura de Trujillo. El, ya sexagenario, acompañado pro su esposa, que generacionalmente podía ser su hija, y yo, como lo versificase Rubén Darío “joven e intrépido, aunque no “cosmopolita”. Había llegado inicialmente, a nuestro país, hacia el año 1948, recomendado por el Doctor Joaquín Balaguer, entonces Encargado de Negocios en Colombia.

Y trajo consigo, su libro titulado “La Isla Iluminada”, que el dictador acogió favorablemente, por el que le obsequió, diez mil dólares. Con esa inesperada regalía, decidió radicarse definitivamente en el país, inicialmente como colaborador de la Dirección de Propaganda del Partido Dominicano, pero adscrito a la Secretaría de Estado de Educación y Bellas Artes.

Estaba acreditado por su nombradía como periodista, escritor y novelista en sus país natal, en donde como uno de los principales colaboradores del dirigente liberal Jorge Eliézer Gaitán, dirigió el periódico, “Jornada”, que competía con los tradicionales “El Tiempo” y “El Espectador”, representativos de la oligarquía conservadora. El asesinato de Gaitán, el 9 de abril del 1948, provocó una reacción popular, que tras lapidar al asesino incendió varios edificios públicos, inclusive el Capitolio, donde se celebraba la Novena Conferencia Internacional Americana. En esa conferencia, nuestro país estuvo representando por el Doctor Balaguer, el Doctor Virgilio Díaz Ordóñez, y los poetas Héctor Inchaustegui y Tomás Hernández Franco. La numerosa delegación norteamericana estuvo presidida por el entonces Secretario de Estado, General George Marshall.

No obstante su celebridad como intelectual, Osorio Lizarazo era un proscrito, en la exclusiva sociedad bogotana de aquella época, por su protagonismo en el movimiento renovador del sector izquierdista Partido Liberal que aspiraba desplazar la oligarquía socio-económica, que desde hacía cien años predominaba en el país. Conforme se decía entonces, la única diferencia existente entre los liberales y los conservadores tradicionales, era que mientras los liberales asistían a la misa dominical a las diez de la mañana, los conservadores a las once. A Osorio Lizarazo, como perteneciente a la izquierda del liberalismo, se le consideraba un resentido social.

Era de mediana estatura, el pelo negro que comenzaba a encanecer, y se auxiliaba con un bastón, debido a la invalidez locomotriz, que le ocasionó un accidente de automóvil en Buenos Aires. No obstante, era una mentalidad lúcida, activa y en permanente estado de creación. El año 1946, había sido galardonado con el “Premio Literario Esso”, por su novela titulada “Camino de Sombras”. Ya anteriormente, había publicado los títulos “Garabato”, una denuncia contra la influencia jesuita en la educación escolar del país, “Hombres sin Presentes”, “La casa de vecindad”, y “Baranquilla 2132”, en las que los personajes son tristes, sin mucha conciencia de tales.

Como escritor al servicio de la dictadura de Trujillo, publicó varias obras, entre las que recuerdo, las tituladas “El bacilo de Marx”, “Así es Trujillo”, y “Germen y proceso del antitrujillismo en América”, aparte de numerosos folletos, anónimos, o con nombres supuestos, contra los principales opositores de la dictadura en el exilio, entre ellos Juan Bosch, el Doctor Juan Isidro Grullón, y el periodista G. Ornes Foiscou. Al Presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, le dedicó una vitriólica acusación, activada por Trujillo, acerca de su supuesta homosexualidad.

Destaca, por su calidad intelectual, el libro titulado “Fundamentos y Política de un Régimen” del año 1960, con su autoría acreditada a Trujillo, para ser puesto en circulación internacionalmente, con sendas traducciones a los idiomas inglés y francés.

Generosamente, su real autor, me confió la redacción de la solapa del libro, en la que según recuerdo, escribí que “no era una obra de tesis, ni un manual de estadista, sino un sencillo discurrir de su autor, de sus propias percepciones, y de sus puntos de vista políticos, sociales y económicos, en los que el lector podría encontrar, una explicación de su influencia, en aproximadamente un tercio del siglo XX dominicano”.

Por motivos ignorados, y sin explicación para ambos, Trujillo ordenó suspender la circulación del libro, en los idiomas en los que había sido traducido.

Osorio Lizarazo y su esposa, eran frecuentes visita a mi hogar, y en el ámbito familiar, mientras sorbía lentamente el trago de Whisky, que el castellanizaba como “güisqui”, yo advertía en él, hacia el 1960, una recóndita tristeza. El escritor, que conversaba conmigo, con una confiable sinceridad, distaba mucho del funcionario extranjero, con un Despacho privado en el Palacio Nacional. Recuerdo que en la Navidad del 1960, el Dr. Balaguer me dijo en privado, y sin que mediara una explicación, que yo quedaba trasladado para la Secretaría de Estado de Trabajo, “con un merecido ascenso”. Años después, ya en el exilio de Nueva York, el doctor Balaguer me dijo que mi traslado fue decidido por él, para protegerme de las acusaciones formuladas contra mi, por un influyente cortesano palaciego, por mis relaciones con Ramón Marrero Aristi, asesinado en el año 1959, y con Osorio Lizarazo. De este ya se desconfiaba, como consecuencia de una intriga procedente de la representación diplomática en Bogotá, que le calificaba como “un comunista converso”. Para entonces, Trujillo estaba peligrosamente influido por el Coronel Jhonny Abbes, y el propio Doctor Balaguer, era mantenido bajo vigilancia.

En retrospectiva, recuerdo a Osorio Lizarazo, como el rebelde luchador por la causa de la democracia y la justicia social en su país, obligado a emigrar al nuestro por el desamparo económico en que quedó tras el asesinato de Gaitán. Proscrito social y económicamente, se vio obligado a dedicar sus excepcionales dotes intelectuales, al servicio de la dictadura de Trujillo. Tras la trágica muerte de éste, Osorio Lizarazo regresó a su país, en donde falleció olvidado por las nuevas generaciones del liberalismo colombiano. Conservó, afectuosamente dedicado por él, su novela “Camino de Sombras”.