¡Jesús ha vencido la muerte!

REYNALDO R. ESPINAL
Los estudios más respetables sobre la dimensión histórica de Jesús coinciden en destacar que su muerte- a pesar de la ingenua y mística lectura de la misma en que muchos se complacen- , fue el resultado de su singular actitud ante el poder político y religioso, en su tiempo representado por la alianza entre las castas sacerdotales de Israel y los jerarcas del Imperio Romano. Los “Zelotes”- grupo revolucionario al que pertenecía Judas- aunque ilusionados con él al principio, pronto vieron desvanecer sus esperanzas de redención política al ver que éste no satisfacía sus anhelos de enfrentar a sangre y fuego los desmanes de los Romanos invasores.

Jesús no sólo puso en cuestión el carácter contingente del Imperio Romano: “¡Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!, sino que al propio tiempo socavó las bases de sustentación del poder religioso de Israel: la idolatría del templo, que de ser un lugar consagrado al culto devino en el medio por excelencia para el enriquecimiento y la explotación del pobre. Y si como ello fuera poco no disimuló su opción por las viudas, los desposeídos, las prostitutas y los cobradores de impuestos: cabe decir “la escoria de su tiempo”, objetos del desdén y el humillante desprecio de los satisfechos.

Jesús resultaba incómodo para los usufructuantes del poder establecido y desde este punto de vista era previsible que aquellos buscaran la ocasión propicia para eliminarle,   como consignan los Evangelios.

La dimensión histórica, sin embargo, no agota -ni mucho menos- el sentido de la muerte de Jesús. No pocos de sus admiradores le han considerado un líder extraordinario y le hacen figurar al lado de Sócrates, Mahatma Ghandi, Mahoma o Martin Luther King. Jesús sería- desde esta perspectiva valorativa- un gran maestro de la humanidad, cuyas sublimes enseñanzas han prendido en muchos hombres y mujeres a través de la historia, predicó una hermosa doctrina moral, pero su destino no fue diferente al de los grandes iluminados de la humanidad. Jesús vino a enseñar el recto proceder pero no a salvar al ser humano.

Sin negar la dimensión histórica de Jesús, la fé cristiana sostiene no sólo que Jesús pasó por el padecimiento y la muerte, sino, – y ella es la verdad suprema proclamada durante dos mil años- al tercer día resucitó. Como llegó a expresar el Apóstol San Pablo “…Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe…”.

En lo más profundo del ser humano, como afirmaba Unamuno, late “el anhelo de inmortalidad”. Es la expresión más acabada de nuestro drama antropológico y existencial: siendo mortales podemos suspirar y aspirar a la inmortalidad y en lo más hondo de nuestro ser suspiramos por la trascendencia. Como ha dicho hermosamente el teólogo Español Manuel Fraijoo: “…Son ellos, los que viven el trance de decir adiós a todo lo que han amado en esta tierra, los que se preguntan si, una vez cruzada la frontera, seguirá teniendo sentido la expresión que tantas veces repitieron en vida: “hasta la vista” ¿Habrá nuevos encuentros, nuevas fiestas, nuevos saludos?”.

Es desde esta peculiar condición humana que creo poder encontrar el auténtico sentido de una frase del gran filósofo Alemán V. Jankélevicth, que en su momento no dejó de contrariarme: “…En realidad la inmortalidad misma es a vez indemostrable y racional, como la muerte es a la vez necesaria e incomprensible”.

Jesús Resucitado es garantía de gozo y esperanza. No la falsa esperanza en lo contingente, sino la confirmación de que el amor es más poderoso que la muerte, de que “nadie ama más que aquel que da la vida por sus amigos”.