Jimaní es un puente de solidaridad entre  dominicanos y  haitianos tras el terremoto

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JIMANI. El escenario en este punto fronterizo parece una zona neutral de dos naciones en guerra:  Un  flujo intenso de entrada y  salida de vehículos, soldados que se movilizan para revisar  cargas y  documentación y  ruido de los helicópteros que llegan de Haiti y aterrizan a todas horas cerca del hospital público en el que son atendidos  los heridos.

Los campamentos al aire libre en un área de la fortaleza y  avalanchas humanas de haitianos que, desesperados y hambrientos, buscan alimentos y ayuda en este lado dominicano.

Sin embargo, la guerra, como fenómeno  de confrontación no existe entre Haití y la Republica Dominicana.  Al contrario. Este pequeño poblado es el mayor centro de operaciones  donde se canaliza  y se coordina la ayuda humanitaria al vecino país, en el que después de más de una semana del fatídico terremo de 7,3 grados que mató a miles de haitianos, aún no se conoce la cifra exacta de víctimas mortales  ni  de heridos, ni se ha cuantificado las pérdidas materiales. Entre tanto, la solidaridad internacional sigue fluyendo.

 El ruido fúnebre de las sirenas de ambulancias transportando heridos por las calles del pueblo es el vivo testimonio de que las penurias y el  dolor del pueblo haitiano se acentúan. En el hospital público General Melensiano, los heridos por el  terremoto son  amontonados en la sala de emergencia y,  en la parte frontal, decenas de haitianos se arremolinan en busca de información sobre parientes.

Un promedio de 70 pacientes por día son atendidos aquí desde que ocurrió la tragedia. Los cuatro primeros días fueron atendidos 112, 173, 116 y 126.

La capacidad de respuesta es inferior al volumen de la demanda de asistencia, insuficiencia que acentúan la angustia y la desesperación. La señora Raymunda Pérez, quien busca a su esposo Francisco, no sabe si su cónyuge murió o yace sepultado en una tumba sin nombre. No sabe qué responder a sus seis hijos cuando le preguntan dónde está su padre.

 Las versiones de quienes  llegan con heridos son nada alentadoras, y así  se le explica  a quienes buscan  información: Todavía hay cientos de cadáveres sepultados bajo los escombros de edificios,  decenas que  han sido enterrados y cremados sin identificar, y  cientos de personas que deambulan sin rumbo en Port -au- Prince, la capital.

¡Qué diferencia!

Periodistas internacionales, acostumbrados a tareas de dificultades, cargan mochilas al hombro y se instalan sin reparos en  cualquier área cercana a la acción. Duermen  en cualquier lugar, incluidos  vehículos o el comedor de un hotel. La mayoría cruza la frontera, van  a Puerto Principe y retornan a Jimaní  a transmitir. La prensa dominicana se acomoda en hoteles  o en habitaciones alquiladas de casas particulares. El trato de militares a  la prensa nacional y extrajera, de funcionarios, médicos y  lugareños ha sido afable, receptivo, de franca colaboración.

El gran trajín

El punto fronterizo ubicado en este pueblo es un hervidero de gente, haitianos y dominicanos, que se movilizan  de un lado a otro. El entorno es un foco de contaminación, una zona polvorienta donde se levantan construcciones a nivel del agua.  El  lago Sumatra ha crecido, amenazando las estructuras para oficinas construidas por el gobierno dominicano.

En el lado haitiano, a pocos metros del punto fronterizo, se ha levantado un semillero de rústicas casetas de madera y zinc, que asemejan un mercado público. Algunos muchachos haitianos matan el ocio pescando tilapias cerca de la orilla, donde montones de plásticos y desperdicios flotan en la superficie de aguas negras. 

Aun en medio de la desgracia, muchos dominicanos y haitianos siguen haciendo negocios en el lado dominicano.  Canjeadores de moneda ambulantes, con fajos de billetes en las manos, compran gourdes y dólares por pesos.

Desde el terremoto que destruyo a Puerto Principe, este pequeño pueblo fronterizo, con algo más de 12,000 habitantes, ha visto desfilar por sus calles tantos vehículos y visitantes  que, sumados, la cantidad quintuplica  a su población. Demasiado patanas, camiones, yipetas, autobuses, camionetas, carros, helicópteros  y un excesivo número de personas de todas las nacionalidades, gente que llegan a cualquier hora y cualquier dia de la semana.

La mayoría van a Haiti a llevar a ayuda, a socorrer a las víctimas. Otra cantidad, menos numerosa, trabaja en las instituciones de socorro de lado dominicano.