Johnny Ventura, el multifacético

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POR MANUEL EDUARDO SOTO
Aparte de haber sido uno de los artistas que internacionalizó el merengue junto con Wilfrido Vargas, Johnny Ventura se ha caracterizado durante el casi medio siglo que lleva en la música por haber desempeñado diversas actividades a lo largo de su carrera. La principal de ellas –y por la cual todo el mundo lo conoce– es la de cantante, donde ha grabado medio centenar de álbumes, incluso uno de boleros cuya grabación vi personalmente en un estudio de Miami.

Lo conocí a principios de la década del 80 en Nueva York a través del empresario José Tejeda, quien lo había contratado para uno de sus Carnavales del Merengue, y luego cultivamos una amistad que se prolongó hasta 1992, cuando quiso agregar a su currículum la actividad de productor, fracasando rotundamente en el intento. Junto con Rafael Villalona, Johnny se lanzó en la aventura de contar la historia del merengue a través de un espectáculo titulado “La ópera-merengue”, el que pretendían llevar a varios países, comenzando con Estados Unidos.

El proyecto –en el cual Ventura derramó todo su talento y conocimiento del merengue– parecía factible, en vista de que el ritmo típico dominicano había comenzado a ganar adeptos no tradicionales con la enorme popularidad alcanzada por Juan Luis Guerra y su 4.40, los que le dieron un sentido más intelectualizado a esta música que hasta entonces no tocaba temas de carácter social, sino que su único fin era para que la bailaran.

Sin embargo, cuestiones estructurales impidieron que la idea lograra el éxito deseado por todos, y tras un par de funciones–incluso en Nueva York–pasó a la historia sin pena ni gloria. La ambiciosa empresa dejó altas pérdidas y deudas que aún no ha pagado Johnny, a pesar del tiempo ya pasado.

Cuando a mediados de los 80 paseamos juntos por Washington, D.C., la hermosísima capital de Estados Unidos, el Johnny Ventura que iba a mi lado sólo tenía elogios para los monumentos, museos y parques vecinos a la Casa Blanca. “Ojalá que la República Dominicana pudiera tener algún día museos y monumentos como éstos para que nuestros hijos conozcan mejor nuestra historia”, me comentó frente al imponente Monumento a Abraham Lincoln. “Mira, no hay un papel tirado en la calle, es sólo cuestión de culturizar a nuestra gente”. Este Johnny preocupado por la cultura y la educación era totalmente distinto al torbellino que subía al escenario y cantaba, movía el cuerpo ágilmente y sudaba la gota gorda frente a sus admiradores.

Ventura –quien también se graduó de abogado en la Universidad de la Tercera Edad– había ido a Washington a participar como la figura estelar del multitudinario Festival Latinoamericano de esa ciudad, y después de su exitosa actuación fue que lo recogí en su hotel e hicimos un recorrido por los puntos turísticos de esa ciudad maravillosa.

Más tarde nos encontraríamos en el escenario del Bayfront Park de Miami, donde–como era su costumbre–solía presentarme al público diciendo que yo era un periodista que quería sobremanera a la República Dominicana, lo que sin duda me llenaba de orgullo y fue clave para radicarme en este bello y acogedor país, a pesar de los apagones y de los choferes imprudentes que convierten las calles de Santo Domingo y Santiago en una selva donde gana el más atrevido.

Fue también en Miami donde le presenté a un gran amigo mío –el gerente de una importante concesionaria de automóviles, el ecuatoriano Lenny Larrea– al cual le ha comprado varios vehículos que trajo a la República Dominicana, incluso una jeepeta Montero que desgraciadamente llegó en muy mal estado tras ser aplastada en el barco por otro coche. La compañía de seguros, sin embargo, le pagó el dinero que le había costado y le dio la oportunidad de adquirir la “chatarra” en una fracción del precio original. Johnny regresó a Miami, compró otra jeepeta que transportó en avión y al final se quedó con dos vehículos por el precio de uno, de acuerdo con lo que me contó Larrea.

En otra ocasión nos vimos una madrugada en el Club 84, de Tejeda, en Nueva York, donde conocí a sus hijos, a los que al día siguiente llevaría a una academia militar para que recibieran una buena educación. Hoy son sus herederos musicales, tienen su propio ejército de admiradoras que llenan los lugares donde se presentan y se hacen llamar Los Potros del Caballo.

No tuve oportunidad de verlo durante su gestión como síndico de Santo Domingo, pero en un reciente viaje Miami-Santo Domingo, me saludó amablemente desde su mullido asiento de la primera clase de un vuelo de American Airlines. Con eso demostró que aunque pasen los años, él no olvida a sus amigos.

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*El autor es periodista chileno, de larga trayectoria internacional, desde hace poco residente en el país.