José Antonio Núñez Fernández – Lucha y agonía, jamás beneficio

Para algunos el Partido Revolucionario Dominicano ha representando agonía y sacrificio y para otros constituye un pedestal para erigirse un altar de pingües beneficios.

Creemos que mucha certidumbre tuvieron las cardenalicias palabras que aseguraron que nuestra sufridas comunidad, de parte de los que mandan está olvidada. Considero que esa sufrida comunidad, además de olvidada se encuentra hambreada, burlada y hasta vilipenciada.

Frente a los afanes continuistas, ante los sueños reeleccionistas y a la fiebre de continuar “asillado” por cuatro años más en la poltrona palaciega que tiene agujas y alfileres, les recordamos a los “osados pepehachistas”, que Emiliano Zapata el Mártir de Chinameca aseguraba, que esa silla tiene maleficios y que los hombres buenos que se sientan en ella, se dañan.

Durante 43 años le ha servido al partido que en 1939 fundaron en Cuba Jimenes Grullón, Juan Bosch, Mainardi Reyna, Angel Miolán y otros patriotas. Pero después de 43 años, puedo decir hoy: ¡He servido mucho y he merecido poco. No he merecido nada!

Cuando no había arribado a Santo Domingo la avanzada del miércoles 5 de julio del 1961, arriesgándome frente al impredecible Petán Trujillo y al truculento SIM del coronel Abbes García, le evité una letal tragedia a quien llegaría a convertirse en el líder máximo del PRD, y a quien puedo llamar Jofranio Goña. Porque con ese seudónimo lo descubrí embistiendo por vía panfletaria y poética a “Trujillo el amo”.

Lo llamé a capítulo para que no le arrancaran la cabeza. Y ayudé a salvar la vida del alumno de la “Escuela de Locutores de La Voz Dominicana” José Francisco Peña Gómez (Jofranio Goña).

De ese partido que representó las esperanzas de la nación dominicana, en 43 años de servicios, solamente he recibido cordiales y efectivas atenciones de Antonio Guzmán Fernández y de Hatuey Decamps Jiménez. ¡De nadie más. De nadie más!

De Hatuey puedo decir que ha sido un luchador desde su infancia, un combatiente de muy larga data. Creo que amerita decir la forma en que conocí a este perredeísta de los tiempos difíciles. Sobre todo de los tiempos duros y sombríos de “los doce años”.

Ocurrió un día en la Onda Musical, donde yo hablaba en contra del régimen de los “doce años”. Yo llegué y en un pasillo o galería encontré a un jovenzuelo, que tenía arrinconado en una polémica de tono alto y bastante cálido, a un intelectual de verbo alado y palabras ardientes como lo era el ingeniero socialcristiano Caonabo Javier Castillo, quien por televisión había sacado de quicio o mejor dicho de sus cabales, a un peruano que Pablo Neruda llamaba Judas Ravines. O sea a don Eudoxio Ravines.

Yo experimenté asombro y me encaminé a la oficina del director de la Emisora Onda Musical, don Mario Báez, y le pregunté que quién era ese joven que polemizaba con Caíto Javier. El señor Báez me dijo de quien se trataba. Y le aseguré entonces: “Ese muchacho estudiante, a esas gentes que ferozmente mandan aquí, si lo dejan manifestarse sin serias cortapistas, les va a dar más tormentos que Casimiro Castro, el senador de Pedernales”.

En la lucha presente de Hatuey Decamps dentro de su partido, yo estoy con él.

En sus disputas con entes y elementos que por vías del partido han hecho de la patria Ara y Pedestal, para los frutos y usufructos de sus desmedidas apetencias, experimenté emociones frente a la postura de la profesora doña Orfelina Jiménez viuda Descamps, la madre de Hatuey.

Doña Orfelina fue al local perredeísta, y habló con la dignidad de Cornelia la madre de los hermanos Graco. Los Graco se enfrentaron con la oligarquía de Roma por una frustrada reforma del agro.

Hatuey enfrenta a los oligarcas del continuismo partidista y presidencialista. Hatuey enfrenta a los gerifaltes rabiosos del reeleccionismo. Y ya don Emilio Lapayese con gallardía supo apostrofar: “Hace poco elegimos unos representantes que realmente ni sirven ni resuelven ni representan. Desertaron”.