José Cestero, feliz… ¡y también los demás!

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El otorgamiento del Premio Nacional de Artes Plásticas es el mayor reconocimiento hecho anualmente a un artista dominicano.
No cabe duda de que se le considera en toda su importancia, ya que, laurel oficial conferido por el Ministerio de Cultura, consagra al maestro elegido definitiva y cimeramente.
Nuestro país es rico en talentos incontrovertibles, y lógicamente esos aspiran al honor supremo. Ahora bien, esta última atribución resultó, sino única, distinta.
El gran pintor premiado no aguardaba la distinción, aunque no la descartaba como cualquier suceso de su vida palpitante y serena a la vez. José Cestero recibió la noticia de su premio con su inocente alegría de siempre, el inconfundible sombrero de paja atornillado en la cabeza, distribuyendo abrazos sinceros y recuerdos anecdóticos… como aquellas venturas y tribulaciones de los héroes de sus cuadros.
Pero ha habido algo más, la satisfacción unánime por el galardonado…
Casi una algarabía: los unos se lo decían a los otros, “felices y contentos” todos como nunca… Se reconocía a una personalidad… que era la definición de ‘El Artista’ en la realidad y la ficción. No solamente un creador inmenso, sino un ser bohemio, callejero, conversador, amistoso, desinteresado, ¡loco y absolutamente cuerdo!
El reparo –esgrimido por algunos- de que este zurdo genial podía pintar en minutos a una gente, una calle o un monumento, que luego la crueldad de su condición y su temperamento (¡!) permitan adquirirlo como si fuera un casi regalo, no nos parecen un defecto. Así, muchos tienen el privilegio de un Cestero original… y que no vale falsificar. Y del mismo modo, nuestro-señor-de-la-Cafetera, en otro momento podía albergar, ilusorias e instantáneas, pretensiones astronómicas… cual un hijo de Picasso. Lo encontramos formidable, aunque esperamos que este premio lleve su inconfundible obra a su justo valor, por casi 60 años de labor y sobre todo una poesía visual e imaginación sin par.
De temas y héroes. Dos veces José Cestero ha dibujado y pintado –su técnica nunca disocia el dibujo de la pintura- una serie de telas, inspirado por el Quijote, una coincidencia entre el encargo y la inspiración, entre el ilustre hidalgo cervantino y el utópico pintor criollo.
A pesar del parecido con el Señor de la Mancha y la contundencia de aquella serie pictórica, hay otras categorías y sujetos en la obra de Cestero con igual maestría e increíble exuberancia de los protagonistas.
En esta capacidad maravillosa de tomar la ficción por hecho concreto y vivido, ese mago de la transmutación se rodea de criaturas, siendo cada una comprometida con alguna rareza o virtud. Las reverencia, las retrata, las reinventa, las reubica en el tiempo, el espacio y el lienzo…
Él profesa una admiración, infinita y agradecida, hacia los maestros de ayer. Nadie como él impone su sello y su personalidad, absorbiendo hallazgos y fisionomías de sus pares y ancestros del pincel, Velázquez, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Picasso, Diego Rivera, Frida Kahlo… Son maestros desaparecidos: Cestero sólo resucita el pasado de una “familia” de genios, Fernando Botero es una excepción…
Su genealogía universal tiene por supuesto una rama dominicana con grandes figuras del arte, la música, las letras, el humor, la política aun, pero también extraños parientes como el Doctor Anamú o la Cieguita de la calle El Conde. ¿Pura fantasía? No lo creemos, pues lo imaginario es el mundo del artista. Esas criaturas conviven con José Cestero, poblando sus cuadros, sus sueños… y los nuestros.
El paisaje a su manera. Es un paisajismo urbano, cargado de fervor y de remembranzas. En sus cuadros encantados, José Cestero se adueña de la ciudad y devuelve, reinventándolo, un ámbito urbano tan verosímil y localizado como el verdadero. Cabría pensar que él plantó su famoso caballete al aire libre, delante de las ruinas de San Francisco, la antigua Escuela de Bellas Artes, el Alcázar de Colón, o cualquiera de aquellos fuertes e iglesias, puertas y fachadas históricas que sobrevivieron a los siglos. Ha sido, por ejemplo, muy representativa de su autor, la recreación de la famosa Plaza de la Catedral, cual “un escenario de la ciudad”, donde entre basílica, parque y edificios, se yergue la estatua de Cristóbal Colón.
Así, los monumentos, las casonas, las perspectivas del Santo Domingo intramuros, en el paisajismo tan especial de José Cestero, reflejan una claridad irradiante que destaca lugares maravillosos, debajo de cielos a la vez vigorosos y líricos, a menudo visitados por bandadas de pájaros.
¡La pintura vibra de una luz movediza y versátil! José Cestero convierte a los espectáculos capitaleños, –como lo hace para la naturaleza y los retratos reales-imaginarios–, en una fascinante metáfora de su percepción, de su vida interior y afectiva.
El drama de la naturaleza, mancillada, agredida, devastada, también es tema suyo. No se ha olvidado que el pintor, varita mágica del pincel en mano, puede cambiar arbustos en cotorras, por ser aves particularmente amenazadas. La degradación del “cinturón verde” alrededor de Santo Domingo le mortifica, y sobre ese tema de la destrucción del entorno ha realizado una serie emocionante y firme en su denuncia implícita. Pues José Cestero es un ecologista y un gran pintor neo-impresionista, plasmando con toques veloces, ligeros, parpadeantes, el verdor y la vegetación, el agua y los reflejos. Renace entonces un discípulo aventajado de Claude Monet, como recientemente lo han manifestado sus cuadros del concurso de INAPA.
Al fin justicia. José Cestero es uno de los grandes maestros de la pintura criolla y no se ha valorado suficientemente su talento, de tanta sensibilidad y cultura, inteligencia y originalidad, pero el primer injusto, y consigo mismo, se llama Cestero: ¡transcurren años sin que exponga! Sin embargo, motivado por la solidaridad, él no falta en colectivas ni concursos. El maestro suele participar, una decisión sostenida a lo largo de su historial y trayectoria. En pocas palabras, el Premio Nacional de Artes Plásticas al fin le ha hecho justicia. Todos estamos felices.