José Cestero, un ser humano con mucho que contar

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POR CLARA SILVESTRE
Todos los días tiene la misma trayectoria que recorrer, desde su residencia en Gazcue hasta Piantini donde se encuentra su taller. En ese espacio lleno de botes de pinturas, pinceles, brochas y libros, nos sentamos junto a él. Un espacio techado situado en el centro del patio y donde se respira aire puro.

Allí pasamos de una historia a otra, y entre vivencias, comentarios de situaciones de vida, libros y anécdotas, transcurrió un tiempo valioso. José Cestero vestía camisa blanca y una corbata con imágenes de jugadores de golf que usaba como al descuido. Llevaba en su muñeca un reloj que compró en Francia, por eso las manecillas marcaban las 10 menos 20, cuando eran las 3:50 de la tarde, y como para no confundirnos enseguida nos comunicó que expondrá otra vez en Francia y cuando regrese, que será pronto, no tendrá que cambiar la hora.

En más de una ocasión dejaba salir un excelente sentido del humor que calificó de “humor negro”, y a través del cual nos hizo saber que disfruta del cine, la buena lectura, la pintura, la música y la poesía, entre otras tantas cosas. “Desde muchacho, yo empecé a leer y eso es como un vicio igual que fumar”.

Junto a una de una serie de obras que realizó en honor a Vincent Van Gogh, y que tiene continuidad con la que actualmente participa en el Concurso E. León Jiménes, muestra sus dotes de orador, “soy pionero, junto a Domingo Liz, Aquiles Azar y otros artistas, de este concurso que se inauguró en 1964. He ganado tres o cuatro veces el premio, y una de ellas con una obra de un carajito en cuero, en ese entonces el premio era de 500 pesos. En la versión de este año participan los más jóvenes y me insertaron con un homenaje a este genio”.

Se refirió a muchos temas, desde el gusto por las corbatas tejidas con punta cuadrada, que a veces se las pone e inconscientemente pinta con ellas, hasta el hecho de tomar antes mucho café y hoy sólo un “chin”; dice que toma más té de jengibre, y ha comido de todo, especialmente arroz con habichuelas, concón y una salsita por encima.

No por casualidad Cestero pasa mucho tiempo en El Conde, ya que nació en la calle Salomé Ureña y estudió en el Colegio La Milagrosa. Hoy, al cumplir sus 67 años, recuerda como si fuera ayer cuando estaba niño y le encantaba hacer cosas: muñecos de barro y dibujar. “Recuerdo que estaban asfaltando la calle y había un rodillo, el cual dibuje muchísimas veces, eso me llenó muchísimo. En 1950, a la edad de 14 años, me inicié en la Escuela Nacional de Bellas Artes, cuando ya memorizaba todo, incluso la cabeza del David. Si hubiera ido a la universidad hubiera sido arquitecto”.

Mientras la lluvia cae y se escuchaban algunos relámpagos, Cestero hace alusión de que eso es metafísica y continúa sus relatos: “La vegetación que hay por aquí es exuberante, he hecho ensayos en mis dibujos, he escrito cosas. En una ocasión realicé un cuadro con Alejo Carpentier saboreando un majarete dominicano con el doctor Joaquín Balaguer, con un vaso de los de antes de cerveza, y la Virgen de La Altagracia en medio de los dos”.

Continuó mostrando sus libros, al tiempo que se refirió a Carmen Rosa, a quien llama su Dulcinea, y quien fue su compañera hasta el 9 de julio cuando murió de un paro cardíaco, de los bonitos recuerdos que guarda de ella, de su hijo que hoy tiene 34 años y vive en el exterior, de lo que le agrada cuando lo llama Pa. También, de Marcela, una ciega que camina por la calle El Conde, y quién se constituyó en personaje de su trabajo pictórico, de que cuando se le acerca y le da cualquier regalito; ella le pregunta quién eres tú y él le responde: no le dé mente, alguien que te ama.

UN HOMENAJE A VINCENT VAN GOGH

El estudio y todo lo que ha leído sobre Van Gogh ha llevado a Cestero a realizar una especie de homenaje, por ser –como explicó– uno de los pintores más grandes de la pintura moderna. De ahí que el cuadro con el que participó en el Concurso E. León Jimenes es un fiel homenaje.

Y mientras mostraba la obra, explicaba: “Mira lo que hay ahí, la silla, su silla, una silla cualquiera de guano como las que hay en el Cibao; en el sur de Francia las hacen igual. Su pipa, sus zapatos viejos, mira ahí tengo yo esos zapatos y les he hecho retratos, y eso que ves ahí es una cebolla, ya que él comía una sopa de cebolla a eso de las 6:00 de la tarde”.

Cuando le pregunté si se sentía un poco como él, respondió: “No, imposible. Emocionalmente asimilé su concepto de lo que debe ser el arte, la naturaleza lo llenaba, las flores y todo lo que veía, la gente del pueblo, los campesinos, los obreros, todo lo que veía. Eso fue lo que lo motivó”.