José Mujica: un ofertador de esperanza

Un hombre octogenario, abatido por los años, de pasos cortos y mirada penetrante; a quien de solo mirarle y escucharle inspira respeto, compromiso, fidelidad y dignidad. José Mujica ha decidido tocar puerta donde asisten jóvenes y adultos para motivarlos, empoderarlos y movilizarlos en asumir una causa, abrazar una utopía, un ideal, y ser militantes comprometidos para asumir la vida desde el sentido de utilidad para ayudar a defender a los que no tienen oportunidad, o sea, a los excluidos, a los analfabetos, a los pobres, a los que viven desiguales en Latinoamérica. Lo hace de forma sencilla, vivencial, objetiva, con ejemplo, sin negociar las ideas, ni alquilar las palabras. Lo que distancia y hace diferente a Pepe Mojica del resto de los políticos latinoamericanos es, vivir como piensa y piensa para ayudar a los demás. A sus años Mujica, derrotó aquella vieja consigna de Regis Debreys: “quien no es comunista a los 20 no tiene corazón, y quien sigue siendo comunista después de los 40 no tiene consciencia”. Asumiendo que el hombre se hace conservador, de luz corta, buscando el placer y el goce para vivir la inmediatez de la vida. Es decir, vivir para el “parecer”, para dar el salto del estatus y de la acumulación bajo la cultura de la prisa, del relativismo ético y del pragmatismo social. Mujica pasa de los 80 años, y vive y asume la misma causa de su juventud con métodos diferentes, pero con las mismas garras. Fue diputado, senador, ministro de Agricultura, es decir, transitó por el poder y no le cambió ni le relativizó sus ideales ni sus hábitos, ni sus ideas y menos su compromiso con la humanidad.
Ha dicho Pepe Mujica: “El poder no cambia a las personas, sino que pone en evidencia quiénes son las personas”. Ha salido del poder sin fortuna, sin negocios, sin inversiones, sin acumulación, sin bienes más que los necesarios para existir decentemente; es más, la estatura e imagen de Pepe Mujica se crece y se dimensiona cada vez que se ve el resto de los políticos atrapados, desprestigiados, desmoralizados por practicar lo incorrecto.
Ahora que asistimos a un funeral de hombres vivos sin ideales, sin causas, sin sueños, sin utopías ni paradigmas. Ahora viene un octogenario, arterioesclerótico, pero oxigenado en las ideas y esperanzado por la vida, a decirle a los jóvenes para que aprendan, luchen, defiendan la vida, su bienestar, su felicidad.
En cada idea, en cada palabra, Mujica confronta el mercado, lo culpabiliza de robarles la vida a las personas, de endeudarle el futuro, y de estimular un consumo desbordado, individualista y deshumanizado. En cada foro hizo paradas precisas para defender sus ideas, sin miedo, sin angustia, no importa quien se sintiera aludido. Pienso, que a sus años ha comprendido que asumir causas y defender la vida, sabe que encontraría enemigos, resentimientos y odios, -enemigos de la vida- que ven a Pepe un bicho raro y atípico, que se niega al confort, a la riqueza material, a la acumulación para prolongar la vida a través de la cultura de la corrupción o del parecer social.
Un viejo, que aún sueña, que nutre y oxigena los pulmones y cerebro de unos jóvenes desesperanzados. La esperanza es la pasión de lo posible, y lo posible se construye en el día a día, defendiendo una causa, una identidad y un sentido de vida. Los latinoamericanos han visto cómo se le destruye su futuro y se le adeuda su vida. Mujica ha dicho: “si no asumen la causa, si no luchan, si no se organizan, simplemente van a morir”, “es preferible batirse la vida que ser indiferente”; ha defendido hablando con los muchachos en diferentes foros. Después de todo, Pepe Mujica ha dejado algo con sentido: “La causa es la única razón para vivir la vida con sentido de utilidad y de felicidad muchachos”. Literalmente ha oxigenado la vida a cientos de jóvenes y adultos, pero sobre todo le ha dejado un legado de esperanza.