Juan Pablo Duarte

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LUIS SCHEKER ORTIZ
Al Prof. José Pérez Saviñón, presidente del Instituto Duartiano.

Me resisto a creerlo: Se necesita ser muy, pero muy osado para colocar el nombre del ideólogo del Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, por encima del nombre del Fundador de la Patria.

Por muchos méritos que tenga y que se le deba reconocer al exitoso propulsor, exaltado como Inmortal del Deporte del Pabellón de la Fama, la sola idea de la propuesta es insultante a la memoria del Patricio.

Una irreverencia, sin precedente, comparar su vida y su obra patriótica con los logros deportivos alcanzados por cualquier mortal. El propio Ulises García Saleta, de seguro, se hubiera opuesto a ese brote excesivo de narcisismo familiar.

Loable es que la familia y los deportistas que reconocen su trabajo en pro del deporte, muestren cariño y reconocimiento por su mayor obra: La construcción del Centro Olímpico en la ciudad capital de la República, en deplorable estado.

Pero por grande y auténtico que sea ese cariño, nada justifica que al Centro Olímpico se le despoje del nombre que por justa y feliz iniciativa ostenta: El del más ilustre de todos los dominicanos hijos de la Patria por él creada y a la que, como ningún otro, dedicó su vida con desprendimiento, valor e inteligencia hasta hacerla posible; Juan Pablo Duarte.

El solo pensarlo conmueve la conciencia nacional.

No sabemos si todos los que asistieron al acto donde se le designa a una plaza del Centro Olímpico con el nombre de Wiche García Saleta, estaban conscientes de la trama. Altas autoridades deportivas, olímpicas y eclesiásticas cuando no la aplaudieron, callaron.

Valiente y honesto el gesto y las palabras del legendario locutor y maestro de ceremonia, coronel Osvaldo Cepeda y Cepeda, resguardando la grandeza de la figura de Duarte y citando palabras del propio García Saleta, que debió sentirse perturbado ante tan grave ofensa.

Ni el Generalísimo Trujillo, con todo su poder omnímodo, se atrevió a tanto Mantuvo la efigie de Duarte en el peso dominicano, como símbolo de soberanía y patriotismo.

Causa preocupación y pena comprobar cómo esos valores esenciales de la nacionalidad, que Juan Pablo Duarte encarnó con integridad y civismo sin igual, son ignorados, se pisotean y caen en el olvido.