Juan Pablo Duarte, el Apóstol

Tirso Mejía-Ricart

La vida de este apóstol inmaculado, nacido hace ya 207 años, está pletórica de enseñanzas y ejemplos que debemos evocar para las nuevas generaciones dominicanas.
Hijo de un comerciante catalán venido al país a fines del siglo XVIII y una criolla natural de El Seibo, por lo cual pudo viajar e instruirse en Europa, por encima de los limitados horizontes culturales de la mayoría de los dominicanos de su época.
De ahí que a su regreso, con apenas veinte años de edad e imbuido de la ideología liberal romántica que se respiraba en el Viejo Continente; así como del nacionalismo que agitaba a toda la América hispana, supo percibir en el estancamiento económico que experimentaba el país en el cuarto decenio del siglo, así como en la depauperación progresiva del Estado haitiano, los signos de deterioro que permitían que floreciera el patriotismo que desde principios del siglo se estaba gestando en el seno de la sociedad dominicana. Por lo demás, era asiduo lector de versos y tocaba el piano, la flauta y la guitarra.
Rodeado de la juventud de clase media urbana que surgió durante la ocupación haitiana, particularmente sensible a ese llamado al patriotismo, y que veía en él al arquetipo del apóstol de la libertad anhelada, el joven Duarte dedicó todos sus esfuerzos a despertar la conciencia nacionalista, la que en 1838 habría de manifestarse en la fundación de la sociedad revolucionaria secreta «La Trinitaria», y poco más tarde de las sociedades culturales «La Filantrópica», y «La Dramática», destinadas a luchar en los frentes político y cultural por una patria libre y soberana.
Trabajador incansable del ideal, el ilustre patricio supo capitalizar a favor de su causa el severo revés que trajo a la economía haitiana el terrible terremoto del año 1842, que destruyó gran parte de los centros urbanos de la parte occidental de la isla. También utilizó su participación en el movimiento liberal haitiano de «La Reforma», como un medio de extender la influencia de su núcleo político independentista. Este fracasó en la parte este bajo su dirección, pero en la parte haitiana fue exitoso, siendo depuesto Boyer y sustituido por Charles Hérard “Ainé”. Eso hizo predominar su facción sobre las demás tendencias, tanto prohaitianas como procolonialistas.
La participación de Duarte en ese movimiento, triunfante en Haití, le dio a los trinitarios el prestigio y el protagonismo que permitieron el triunfo de sus militantes y simpatizantes en las elecciones municipales que se escenificaron poco después; la que, unida a las denuncias sobre las actividades conspirativas del grupo, les valió ser perseguidos en un operativo dirigido por el propio presidente Hérard, quien envió hacia el oeste a los regimientos militares 31 y 32, integrados por nativos del este de la isla, e hizo prisioneros a varios conspiradores, aunque otros se escondieron o escaparon hacia el exterior, entre los que se contaron Duarte, Pina y Pérez.
El destino le negó a Duarte la gracia de convertirse en actor de primer orden del proceso que su magna obra desencadenó, pues mientras estaba expatriado al igual que sus leales seguidores Juan Isidro Pérez y Alejandrino Pina, se produjo la declaratoria de la independencia, con Sánchez y poco después con Bobadilla a la cabeza.