Juego de paz en Palestina

POR  UBI RIVAS
El día 15 del presente mes de abril, por tercera vez se reunieron en Jerusalén el primer ministro israelí Ehud Olmert y el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmudd Abbas, en una ronda de cuatro que culminará este mes, intentando un acuerdo final para proclamar de manera formal y en avenencia con el Estado judío, el Estado Palestino.

En esa tercera ronda de acercamiento y/o conversatorio, que a pocos términos conducirán y el tiempo determinará si estoy asido de la razón o en contrario, los protagonistas de la tenida, como una calcomanía, o como la plegaria de un muecín trepado en el cojollo de un minarete, o un rabino introduciendo peticiones en las fisuras del Muro de los Lamentos, repitieron monsergas deshilachadas por el tiempo y la desconfianza planetarias.

De Abbas a Olmert, retirar el Tzhal de Cisjordania y la Franja de Gaza y franquear a los palestinos los pasos de Karni en Gaza y de Rafah, es decir, retirar tanto los controles para accesar a Israel, no del todo, pero democratizarlos y posibilitar un entendimiento franco para cristalizar el objetivo cardinal, que es la convivencia pacífica entre palestinos e israelíes, algo solamente imposible de no quererlo Estados Unidos.

De no quererlo Estados Unidos porque el Estado judío es una criatura de Washington, el enclave no árabe sine qua nom en levante, que complementan primero Arabia Saudita desde el primer rey Saud del siglo anterior, y Jordania desde la monarquía del rey Abdullah, en 1946, fundador de la dinastía hachemita.

El imperio, mediante su portavoz del Departamento de Estado (Cancillería), Condoleeza Rice, el 27 de marzo último, en visita a ambas partes, no favoreció, sino que instó, con la fuerza de hechos que evidencia el litoral de las presiones de los que sabe que pueden avasallar, a ambas partes, a regularizar unas relaciones que se pierden en la bruma del pretérito, pero que se hacen referentes modernas, a partir de la resolución de las Naciones Unidas del 29-11-47 que dividió el Mandato Británico en dos estados, uno judío, otro árabe, y que éstos, craso error, rechazaron por interpretar que toda la Palestina, basado en el derecho de usurpación, les pertenecía cuando desde los albores de la humanidad, ha sido el hogar y el coto de los dos.

Cinco crueles y lamentables enfrentamientos, 1948, 1956, 1967, 1973 y 1982, no han conseguido los objetivos ni de uno ni de otro, de árabes, echar al mar a los israelíes y destruir el Estado Palestino, de los israelíes, apoderarse a su vez de toda Palestina y consolidar el imposible sueño de un Gran Israel, es decir toda la Palestina, para los judíos.

En la cita de abril 15 último, de Olmert a Abbas, cese de la violencia, actos terroristas, lanzamiento de cohetes Katiushka hacia las colonias judías en territorios de la ANP aceptados y consagrados en los acuerdos de Oslo 1993 y refrendados por Wye River de ese mismo año por el presidente Bill Clinton.

Es el juego del gato y el ratón o de quien fue primero si el huevo o la gallina: que cesen los ataques de los palestinos, exigida por Olmert; el retiro del Tzanal de Cisjordania y Gaza ocupadas a partir de la Guerra de los Seis Días de 1967, y en cada cita, la misma melopea, la misma necedad, y cero avance porque lo primero es que Israel se retire, porque los ataques palestinos es por el intrusionismo y la prepotencia de Israel no evacuar los territorios de la ANP.

Y entonces aguardar la contrapartida y/o conducta de los palestinos, siempre y cuando no dañen el propósito los pupilos de Ismael Nahiyeh, con él a la cabeza de Hamás.

En el ínterin y como el jamón o el queso en las dos tapas de un sandwich, la Hoja de Ruta bailotea en el aire, como un palote o una chichigua en banda, serruchada en el aire con una navajita por el propio autor del documento más luminoso, contundente, completo, jamás redactado para superar el conflicto, por el pivote de la doble moral que enhebra siempre el imperio, ahora más que nunca, accionado por uno de los gobernantes más trágicos, infelices, peligrosos y con la menor cuota de sindéresis que registra el auténtico imperio del mal no Damasco, Teherán o Pyongyang, que son niños de pechos comparados con el trabuco de poder que yergue a orillas del Potomac. ¿O no es así?.