Julián Amado,  un magistral exponente del dibujo

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Uno de los mejores lugares para exposiciones personales o pequeñas colectivas es ciertamente la Sala Ramón Oviedo, alojada en el ala izquierda de la Secretaría de Cultura.

Precisar ese dato, no siempre conocido, permitirá que se vaya a disfrutar de una de las más serias e impactantes muestras de dibujo, propuestas desde hace mucho tiempo en Santo Domingo.

Allí, Julián Amado brinda a los enamorados de esa categoría tan brillante como mal valorada en nuestro país, el talento de un creador “pensante”, de un virtuoso de la forma y la anatomía, el detalle y el claroscuro. Ciertamente su trabajo provoca el entusiasmo que traducen en sus  cálidas presentaciones Gabino Rosario, destacando la consolidación de “un discurso plástico que por más de una década ha venido  perfeccionando”, y Vladimir Velázquez, notando “una exultante belleza dentro de un lenguaje lúgubre, macabro y caótico, pero no menos maravilloso”.

Una pasión comunicativa, que se experimenta al contemplar los cuadros…

 Nadie pensaría que se trata de la primera exposición individual de un artista, por cierto ya premiado nacionalmente y cuyo dominio hubiera merecido aun más distinciones. Se ha repetido que  República Dominicana es un país de dibujantes, no obstante cuando surge en esa categoría una personalidad de excepción, se manifiesta una suerte de resistencia a reconocerlo, si no se opta por romper con una gran y honrosa tradición.

La exposición. ¿Está asociado el esplendor con la desgracia?  ¿Pueden suscitarse al mismo tiempo el deleite y el horror? ¿Logra un artista desfigurar y transfigurar a los protagonistas de sus obras? Aparentemente son valores antónimos, pero perfectamente compatibles en la mayor parte de los dibujos de Julián Amado y sus “Claves de ser”.

 Desde que descubrimos los primeros extraños retratos, existenciales y anónimos, de esta galería de la condición humana, se confirma la propuesta, situada entre el sueño y la pesadilla. Si el viejo simboliza la miseria, el hastío, la degradación física, el niño, con su párpado desgarrado, sugiere la desesperanza.

 A la revelación sucede el estremecimiento. Esta iconografía en blanco y negro – aunque hay obras en colores como el estupendo “Adán”, y frecuentes humaradas de tonalidades ardientes- es una búsqueda de lo absoluto en el campo del dibujo, alquimia misteriosa de la “cancelografía” – proceso increíblemente exigente e inventado por el autor-, de resultados evidentes en la fastuosidad estética. La hazaña técnica evoca la “manera negra” en el grabado, con su intervención sobre la placa, partiendo de una superficie negra, consiguiendo grises cada vez más ligeros y terminando por los blancos. O también la labor del escultor que talla, rebaja, pule, patina una masa, procreando un mundo.  Julián Amado actúa… como si, de la nada, de la noche total, hiciera brotar la luz y la creación, omnisciente y todopoderoso sobre el papel, multiplicando finalmente los “adanes” y las “evas”, caídos porque les hicieron caer.

  La emoción, la energía, la vehemencia  (di)rigen esta compleja operación experimental, que pone el énfasis en la luminosidad, remiténdonos al sabio contraluz y el claroscuro de grandes clásicos en escenas nocturnas.  Se hace día (sic) el realismo, tan meticuloso, que se vuelve fantástico y sobrenatural, tan elaborado que las “claves del ser” se apoderan de la criatura y de la vida en su profundidad moral, así “En la noche de los remordimientos” o la estremecedora “Última vendetta”. Una extrema espiritualidad y una implicación introspectiva diferencian completamente el ultra realismo de Julián Amado de la habitual imagen fotorrealista. No toma su distancia, él se compromete, simultáneamente lírico y subversivo.

Esperamos que la Sala Ramón Oviedo siga exhibiendo a artistas y obras de muy alta calidad como Julián Amado y sus “Claves del ser”.

Le corresponde por ser una sala adscrita a la máxima instancia nacional en el campo del arte y la cultura.

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Vladimir Velázquez

Se refiere a: “Estos extraordinarios y a su vez alucinantes cuadros gestados por el talento creativo de Julián Amado, de una factura totalmente novedosa y magistral (“Cancelografía”, un proceso inventado por él), los cuales no sabríamos clasificar como dibujos pictóricos o pinturas tratadas con procedimientos gráficos, ya que el artista supo amalgamar esos dos procedimientos plásticos, logrando borrar la frontera entre uno y otro”…