“Julio César y Leonel Fernández”

Manuel Cruz

He manifestado en diferentes ocasiones, que desde el Congreso Panamericano de 1826; el latinoamericano es el propio homicida de sus líderes y sus figuras. Toda vez que, en vez de valorarlos sin el tinte partidario y sin las pasiones desmedidas que dimanan de la política, lo que hacemos es llenar páginas enteras con material de inodoro para denostarlos. Por eso, el latino solo tiene leyendas muertas mientras los países desarrollados inmortalizan hasta a sus genocidas. En efecto, nosotros llevamos la mediocridad en la sangre y solo reconocemos; aquellos que nos generan un beneficio directo.

Los Mismos Caminos en Épocas Diferentes.

Si se realizara un análisis comparativo salvando las distancias, se podrá comprobar que desde los antiguos reyes Sargón I, Lugalzagesi, Ur-Zababa y Rimush hasta nuestros días; centenas de líderes han tenido características muy similares. Dentro de los cuales, el gran Julio César y Leonel Fernández encajarían a la perfección. Por ejemplo, ambos fueron llamados por la historia a la edad de 17 años, César cuando fue nombrado por Lucius Cornelius Cinna como flamen Dialis y, Fernández el día que protagonizó su genial osadía, cuando Don Juan disertaba sobre la obra Cien Años de Soledad en el Centro Masónico de la Arzobispo Portes.

De igual forma, los dos se destacaron en sus profesiones como abogados, como intelectuales, escritores y; encantadores de serpientes y multitudes por la verborrea de sus oratorias. César descolló cuando litigó en el juicio contra Cneo Dolabela frente a Hortensio y Aurelio Cotta. Y, es por todos alto conocido como se llenaban las ventanas en las aulas de la UASD; para observar las cátedras de Leonel en su época de docente. Asimismo, sin ningún ánimo de querer ultrajar la imagen de Fernández, por cuestiones políticas ningunos de los dos se pudo casar con quienes deseaban, ni César con Cosucia; ni Leonel sabemos todos con quien.

Dos Gigantes de la Política.

El legendario canciller alemán Otto Von Bismarck dijo, que “los grandes políticos deben su reputación a la pura casualidad”. Dicha aseveración parte de la lógica de que, en política todo el que construye un liderazgo; genera enemigos gratuitos. Por tal razón, aquellos resentidos sociales que nunca le perdonarán haber llegado a presidente viniendo de San Carlos y Villa Juana, también han querido tocar su vida íntima adjudicándole preferencias rechazadas por un país que vive en la edad media, igual como mancharon la carrera a Julio César; Dolabela, Curión, Bíbulo, Cicerón, Marco Bruto, Memmio, Catulo y muchos otros.

Igualmente, a pesar de que ambos habían alcanzado grandes logros siendo muy jóvenes, es a los 40 años donde comienza su grandeza y sus desgracias. César se convierte en cónsul y en el máximo representante de los populares; desplazando del liderazgo a figuras emblemáticas como Catón, Bíbulo, Craso y Pompeyo. Y, Leonel hizo lo propio en 1994 cuando se convirtió en compañero de fórmula, del cientista político más ingente y atiborrado que ha visto República Dominicana en toda su historia. Sin embargo, el ejercicio de la política es como pasar un fin de semana donde la otrora Doña Herminia, que mientras mayor es el éxito; más caro es el precio que hay que pagar.

El Bruto de Ayer y los de Hoy.

Existen dos tipos de líderes, los que ejercen el poder y los que lo exhiben. Esta última característica muy propia de César y Fernández, pues a pesar de que ambos nos escondieron su simpatía por los segmentos marginados; sus propias escoltas personales radiografiaban el inconmensurable poder que acumularon. Increíblemente, la mayoría de los que cometieron el sacrilegio en pleno Senado de matar al dictador romano; eran antiguos pompeyanos a los que César había perdonado la vida incluso; les otorgó posiciones en la administración. Y, esos son los mismos descendientes de Marco Junio Bruto a los que Leonel ayudó y que hoy amenazan con darle muerte política.

En virtud de ello, que no olvide el profesor Fernández que en el momento de mayor poder y esplendor de César fue que sobrevino su muerte. Y, mucho menos, que esa consigna de guerra que pululan los Leonelistas titulada: ¡No hay marcha atrás! Es el sinónimo de, “la suerte está echada” la misma que desató una guerra civil entre César y los optimates cuando éste cruzó el rubicón. Empero, el elemento más engorroso para la carrera política de Leonel es, la percepción cuasi-generalizada de que él está como Santiago Nasar, viviendo sus últimas glorias e ignorando que muy pronto en los idus de mayo; se ejecutará la “crónica de su muerte política anunciada”.