Julio y sus días

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Es la tradición también el oficio. La costumbre de recontar para evitar o eludir el olvido. Se esfuma julio, el séptimo mes, el del Emperador. Julio con su 4, ese de la barbacoa y el águila imponente que sorprende, ataca. Julio sanfermines y el 12 nuestro que ha quedado como nombre de calle, sin historia. El 14 de la Bastilla, el 26 de Santa Ana, Lilís y el Asalto al Cuartel Moncada que forjó la leyenda. Es el julio con su 19 Sandinista, que obliga la reiteración. Tiempo ido pero no perdido. Evocación sin remedio, que implica la nostalgia de la muchachada hoy encanecida. El convite de la melancolía, en medio de la sinrazón y el agravio. Con el tropel de acíbar que pretende arrasar, sin reparos, con todo aquello que no repita el credo insensato de la injuria. 20 años después de la entrada gloriosa a La Habana, de la llegada de Fidel a Santiago, del estruendo provocado por los titanes de Sierra Maestra. 20 años después del contagio libertario que anduvo por el mundo y mantenía alerta a EUA, para evitar otra Cuba, el Frente Sandinista de Liberación Nacional –FSLN- venció la dinastía Somoza, vigente en Nicaragua desde el 1934, representada por Tachito, el más cruel de la familia, como confesó, en una entrevista, su hermano Luis. Desde aquel 19 del 1979, hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, provenientes de todos los lugares del planeta, convirtieron el país más grande de Centroamérica en santuario. Territorio de peregrinación. La solidaridad ocupó ese espacio lacustre y volcánico, con aguaceros diluvianos y estremecimientos telúricos que desbordan lagos, hunden ciudades y arrodillan al más guapo para pedir a Minguito, el santo patrón, la salvación. Luego de la clarinada rojinegra, familias y poblados destruidos, mujeres violadas, mutilados, indígenas, habitantes de montañas y costas, recibían el auxilio y la entrega de personas dispuestas a realizar el sueño de Sandino y Fonseca. Sueño multiplicado en cada una de las víctimas de la epopeya, en cada militante de la esperanza. Con hambre, sed, con el dolor por tantas pérdidas, se unían las manos negras, amarillas, blancas y levantaban barricadas de gloria. Poesías y canciones motivaban el empeño. Rutinas agotadoras, noches sin más lumbre que la chispa furtiva de un fogón lejano, no arredraban la voluntad de cambio. El miedo había quedado en los campos de batalla, la percepción era de grandeza y triunfo. Nórdicos, caribeños, mediterráneos, legiones de mujeres que aspiraban la estatura de Mónica o Dora María, atravesaban montes, caminaban desde Masaya a Managua, sin temor, con la convicción de vivir la quimera de la igualdad y del mundo diferente que prometía Edwin Cruz en su poema de encarcelado, convertido en uno de los himnos cotidianos: “Mañana hijo mío, todo será distinto. Sin látigo ni cárcel. Ni bala de fusil que reprima la idea. Caminarás por las calles de tus ciudades, en tus manos, las manos de tus hijos, como yo no lo puedo hacer contigo.” Tomás Borge, bravío y poeta, le entregó a Mejía Godoy, el cantor sandinista, las letras de su elegía a Fonseca y la multitud repetía como mantra: “tayacán, vencedor de la muerte, héroe de la patria rojinegra, Nicaragua entera te dice presente.” Miedo imposible porque entonces la carabina del líder, disparaba auroras y no quería más sangre.
Mientras la transformación ocurría, el compromiso era consigna e involucraba a la mayoría y la ciudadanía acogía en sus casas a tantos convocados por la utopía, algo comenzó a minar la cohesión del FSLN. Algo comenzó a infectar el equipo que integraba la Junta de Gobierno. Quizás, se gestaba el trastrueque de Sandinismo en Danielismo. Momento de la codicia, lascivia e impunidad, engaño y desidia. La derrota electoral -1990- marcó otro camino para el FSLN. Fue el derrumbe de la ética, afirma Ramírez Mercado, vicepresidente sandinista en “Adiós Muchachos”- Memoria de la Revolución-. De aquello queda la remembranza poética, las melodías. También las pañoletas rojinegras. Desteñidas.