K. versus K: la poesía de Kianny Antigua y Keysi Montás

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Kianny y Keysi son amantes, pareja, qué sé yo. Su mejor obra, hasta ahora, escrita a dos cuerpos, se llama Mía, y fue compuesta en una sola noche, en apenas unos quince o veinte minutos, pienso. Los poetas citados son dos dominicanos que piensan y viven en inglés, pero que sueñan en español. Viven en Lebanon, una comunidad perteneciente a New Hampshire, muy cerca de la frontera con Vermont. Viven agradablemente acosados por una naturaleza pródiga, donde la mano del hombre todavía no ha causado grandes estragos. Acaban de presentar en sociedad sus primeros libros de poesía, aquí están.

Cuando el resto se apaga, de K. Antigua

 Escribir es un ejercicio de desdoblamiento. Ahora soy yo, luego soy otro. Kianny Antigua no es la excepción: escribe y cuando lo hace deja claro en su poesía que algo fuera de su dominio la está poseyendo. Médium, diablo, musa o duende, no se sabe, pero lo incontrovertible es que no se puede escribir así, como lo hace ella, sin estar a mitad de un trance. Su escritura denota  que su espíritu  ha entrado en ebullición, que dentro de su cabeza aletean pájaros, que alacranes punzan su cerebro, que por su torrente sanguíneo circula opio, el opio de la muerte que se resiste a partir, el opio de la vida que se quiebra ante la nada, pero que renace como las tantas hojas de los árboles con follaje caduco, elemento muy presente en la poesía de esta autora.

 Los espíritus que pueblan su mente a la hora de la creación a veces son bien educados, fáciles de presentar en sociedad, pero de repente transmutan, se convierten en seres aterrorizadores, que nos provocan pavor.

Su poesía nos deja impávidos, anonadados y confusos. Queremos leerla y a la vez no hacerlo, sentimos que algo amenazante se esconde en cada línea, en cada verso, en cada imagen que nos empaña la visión. En cada verso que nos hace temblar y preguntarnos qué hondo desasosiego golpea el alma de la poeta, qué heridas supuran en su ser, qué amores la encumbran y la dejan caer en picada, qué recuerdos se niegan a morir, qué temores asaltan sus sueños, que muchas veces son pesadillas.

Las hojas, las pisadas, los temblores, las miradas, los abrazos, los suspiros, todo nos tiende una trampa,  muchas cosas nos dicen que algo anda mal y sabemos lo que es pero al mismo tiempo no lo sabemos ni podemos remediarlo. Estamos ante la presencia de lo innombrable, de lo ineluctable, de lo que es, será, y volverá a ser a perpetuidad.

La poesía, el buen vino, los buenos amores, el buen cine y la buena mesa se parecen en que todos dejan algo: la buena poesía nos golpea, nos estremece, nos exulta; el buen vino te deja en el paladar aromas, sabores que se incrustan en tu subconsciente; los buenos amores dejan recuerdos, sueños, nostalgias dulces e incluso heridas que no cicatrizan, que duelen sin doler o que duelen con dolor agradable, casi sublime.

El buen cine te hace meditar, dura días viendo pasar por tu memoria aquellas hermosas o perturbadoras imágenes. La buena mesa te deja la sensación de plenitud, un gozo físico y casi espiritual.

Los malos amores en cambio no dejan nada, igual que la mala poesía.

Y la poesía de Kianny Antigua se parece a los buenos vinos, a los buenos amores, al buen cine y a la buena mesa: nos deja un universo de sensaciones, emociones, recuerdos, pálpitos, de nostalgias; en fin, un aluvión de dulces amenazas, de estiramiento y constreñimiento espiritual, un amasijo de pasiones revueltas.

La poesía de Kianny Antigua ha sido recibida con alborozo en muchos ámbitos intelectuales, y creativos, eso que a continuación transcribo lo ha escrito el historiador, poeta y narrador Franklin Gutiérrez: «Es necesario tener poesía diseminada en todo el cuerpo, en las venas y en las arterias para imaginarse centenares de golondrinas mundanas pululando por doquier; para alimentar pájaros con migajas de pan emanadas de los dientes, purificados con harina fresca y sonriente. Frecuentemente la poeta batalla consigo misma para deshacerse de la angustia transparente posada en su lengua, porque la lengua es el abecedario secreto del cuerpo, el magneto donde confluyen la palabra y la agonía».

 Allá: Diario del transtierro, de Keysi Montás

Es indiscutible que la forma como un artista ha vivido influye en su creación literaria. No importa el género de que se trate. Por tanto,  la poesía de Keysi Montás está atravesada en cada verso por esa vida suya, tan rica en vivencias, las que a veces le han golpeado con la fuerza del amor o del abandono. Keysi ha sido un “trota estados” y ha gozado y sufrido las dichas y desventuras del inmigrante. Muy joven llegó a New York, y desde que lo conocí y tuve la oportunidad de intimar con él me di cuenta de que era un individuo que escondía o atesoraba una vida digna de ser escrita. Y eso es lo que ha hecho en su libro. Desde profesor hasta policía, desde bailador profesional de tango hasta albañil con muchísimas destrezas. Si me extiendo en este campo, entonces no podría hablarles de su poesía.

El caso Keysi Montás es curioso y no deja de sorprender. Empezó a escribir hace muchos años un diario, en el que anotaba hasta la hora en que se había cepillado los dientes. Y lo hacía, aún lo hace, todos los días. (Es un hombre disciplinado hasta en el comer, porque, según he podido comprobar, siempre come lo mismo). Al pasar el tiempo el diario fue tomando otros rumbos y al final terminó siendo un libro de poesía. El diarista fue aplastado por el poeta que es, aparte de ser narrador de altos vuelos, y el resultado de todo esto es Allá, diario del transtierro.

Ha habido escritores que su fuerte a la hora de escribir su poesía ha sido lo cotidiano, lo sencillo, lo que no aparenta ser grande ni trascendente. Mario Benedetti conectaba tanto con los lectores por esa cualidad. Keysi Montás está dentro de esta escuela.

En este libro descubrimos a un autor minucioso, que escudriña la cotidianidad del mundo con ojos muy atentos. Por eso en cualquier poema nos podríamos encontrar con un escenario tan complejo como una esquina de un barrio marginal de ciudad México. Sin embargo, la poesía de Keysi está sumamente influenciada y marcada por la nostalgia, por los recuerdos que producen el proceso de trashumar continuamente; esto es, vivir cambiando de domicilio con frecuencia. Pero esto, en vez de ser una dificultad en principio, al final se convierte en una herramienta útil a la hora de escribir, ya sea poesía o narrativa.

 En Allá: diario del transtierro también se pone de manifiesto el sentimiento contradictorio que siente el autor respecto a su país. Es una relación amor-odio, compasión-repulsión. En sus poemas el país a veces suele ser una reina y otras veces una puta.

Sus poemas nos llevan de repente a un mercado de San Cristóbal, lugar donde Montás pasó la niñez y fue feliz. Los objetos y las situaciones más sencillos de la vida cotidiana son motivos de una mirada tierna, elemento muy presente en la creación del poeta. No importa que sea un mango, una gallina o un caprino que penden de una camioneta rumbo al mercado; o la abuela elogiada por su bondad y que al final sufre la desidia de todos aquellos a los que amó. En este poema dedicado a su abuela podemos intuir, porque él casi lo admite, una cuenta pendiente entre nieto y abuela.

Esta obra signada por el trepidar de los pasos del autor por muchos rincones de los Estados Unidos ha merecido el reconocimiento en diversos círculos, intelectuales y de lectores amantes de la poesía.