Kirchner impone su estilo en la mitad de su gestión

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BUENOS AIRES (EFE).- Lo que en Argentina se denomina “estilo K”, entre la transgresión y la confrontación, ha permitido al presidente Néstor Kirchner, que el miércoles alcanza el ecuador de su mandato de cuatro años, estabilizar la situación política y reconstruir el devaluado poder presidencial.

Pese a que Kichner llegó a la presidencia el 25 de mayo de 2003 con sólo el 22 por ciento de los votos, este antiguo gobernador de la sureña provincia de Santa Cruz tiene hoy una imagen positiva entre el 79 por ciento de la población, según una encuesta reciente.

En el “estilo K”, como lo llama la prensa local, confluyen desde el trato directo con la gente y el rechazo a las desprestigiadas estructuras partidistas hasta el desinterés por las cuestiones protocolarias y los desplantes a jefes de Estado y empresarios.

Sin dejar de destacar sus logros, algunos analistas consideran que con esa forma de ejercer el poder Kirchner ha debilitado el sistema institucional argentino, mientras que desde la oposición se le acusa de tener una “profunda vocación hegemónica”.

En estos dos años, el gobernante hizo de la defensa de los derechos humanos uno de los ejes centrales de su gestión, instrumentó una política exterior enfocada en la región y promovió una profunda renovación de la cuestionada Corte Suprema de Justicia.

Kirchner sucedió a Eduardo Duhalde, que gobernó Argentina de forma provisional en medio de la grave crisis que vivió el país tras el estallido social que a finales de 2001 desembocó en la renuncia a la presidencia de Fernando de la Rúa, elegido apenas dos años antes.

Según el analista Rosendo Fraga, “Kirchner reconstituyó el poder presidencial, en crisis entre 2001 y 2002”, pero a la vez ejerció un “hiperpresidencialismo” que le llevó a hacer “un uso del decreto de urgencia sin precedentes en la historia”.

Esa situación se dio a pesar de que el Partido Justicialista (peronista), al que pertenece el mandatario, cuenta con mayoría en las dos cámaras del Parlamento, resaltó Fraga.

Su colega Roberto Bacman apuntó que “hay que tener en cuenta que cuando Kirchner asumió, era difícil gobernar, con parte de la deuda pública en cese de pagos y un crecimiento económico en pañales que condicionaron su estilo”.

“El presidente se puso en el centro de la escena como un boxeador que no permite que los contrincantes le manejen la pelea. ‘Donde tocamos hay pus’, dijo ni bien llegó al poder. Entonces, metió el bisturí”, aseguró a EFE.

Las polémicas protagonizadas por el mandatario abarcaron desde el Fondo Monetario Internacional y lo que él mismo denominó “las corporaciones”, hasta la Iglesia católica, pasando por los militares y Brasil, principal socio regional de Argentina.

Al mismo tiempo, aprovechó cuanta oportunidad tuvo para romper el protocolo y mezclarse con la gente, lo que el mismo día en que asumió como jefe del Estado le valió una herida en la frente.

“El ‘estilo K’ le sirvió para conseguir algo inédito en Argentina, que es un presidente con una imagen positiva del 79 por ciento, más alta que el 63,7 por ciento de aprobación de su gestión”, destacó Bacman, director del Centro de Estudios de Opinión Pública, que midió la popularidad de Kirchner.

Para Elisa Carrió, una de las principales dirigentes de la oposición, ese estilo demuestra que “existe en Kirchner una profunda vocación hegemónica que no permite que tengamos una república, a lo que se suman los cercenamientos a la libertad de expresión”.

Nada más llegar a la presidencia, el gobernante dispuso la renovación de la cúpula de las Fuerzas Armadas y dio un firme impulso al esclarecimiento de los crímenes cometidos durante la dictadura militar (1976-1983).

El malestar castrense se agravó cuando Kirchner decidió convertir en “Museo de la Memoria” el lugar donde funcionó la mayor cárcel clandestina de la dictadura y ordenó descolgar del Colegio Militar los retratos de dos jerarcas de aquel régimen.