La “Ciudad Maravillosa”

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Río regala a los turistas no solo postales clásicas como el Pan de Azúcar y el Cristo Redentor, sino que les permite descubrir rincones solo conocidos por los que nacen allí. ¿El resultado? Uno olvida la condición de visitante y se siente como un “carioca”

Desde la ventana se ve el Corcovado, el Redentor, qué lindo…”, cantaba Tom Jobim, uno de los padres de la “bossa nova”. La mezcla entre la naturaleza de montañas, más de 80 kilómetros de playas, sol, música y vida nocturna intensa confieren a Río de Janeiro singularidad. La “Ciudad Maravillosa” regala a los turistas no solo postales clásicas como el Pan de Azúcar y el Cristo Redentor, sino que les permite descubrir rincones solo conocidos por los que nacen allí. ¿El resultado? Uno olvida la condición de visitante y se siente en casa. Como un “carioca”.

Bondinho del Pan de Azúcar

Inaugurado en 1912, el teleférico del Pan de Azúcar fue el primero instalado en Brasil y el tercero del mundo. El “bondinho” sale de la playa Vermelha, en el barrio de Urca, rumbo al Morro de Urca, cuya altura es de 220 metros, y de ahí al cerro del Pan de Azúcar, en el alto de sus 396 metros tantas veces ya escalados por alpinistas de todas las partes del mundo. Lo que poca gente sabe es que el primer trayecto se puede hacer caminando: desde el sendero a los pies del primer cerro hay un sendero que lleva a la cumbre del Morro de Urca.

Una alternativa para hacer ejercicios y disfrutar del paisaje, aunque recomendable a los acostumbrados a esfuerzos físicos. En el topo es posible comprar billetes para acceder al segundo cerro o bajar directamente, si ya no apetece caminar. Ojo: el Morro de Urca alberga una discoteca que antes fue escenario de bailes carnavalescos y hoy es lugar de fiestas y conciertos durante el verano carioca.

El restaurante Bella Praia (Círculo da Praia Vermelha, plaza General Tibúrcio s/n), abajo, en la playa Vermelha, está hecho para comer o cenar, teniendo el Pan de Azúcar como invitado. Los lunes y viernes sobre las 10:00 de la noche, frente a la playa, la acera se convierte en escenario de antiguas canciones de chorinho y sambas de Cartola, Pixinguinha, Tom Jobim y Vinicius de Moraes, entonadas por los que viven en el barrio. Un paseo tranquilo, gratis y romántico (con suerte, habrá luna llena).

Conociendo las sambas

Al igual que en el caso del Cristo Redentor también hay que subir para llegar a Santa Teresa, barrio que por veces parece olvidado en el siglo XVIII, cuando surgió. En coche se sube más rápido, pero uno es más original si sube en “bonde”, un pequeño tren que pasa por las calles estrechas de edificios de pocas plantas, casas antiguas y lleva a un viaje de riqueza arquitectónica e intensa vida cultural. Es el barrio elegido por artistas para instalar allí sus ateliers, al lado de restaurantes con música en vivo, cerveza helada, como a los cariocas les gusta, y de “comida mineira”, con mucho feijão, lomo de cerdo y dulces artesanales (Bar do Mineiro – Calle Paschoal Carlos Magno,99).

El “bonde” pasa aun sobre los Arcos de Lapa, un acueducto del periodo colonial hoy convertido en una de las postales más famosas de la ciudad. El barrio de Lapa es una especie de Montmartre en Río. Vivió un período de decadencia, luego la restauración de su arquitectura le trajo nuevos aires. Las noches de jueves, viernes y sábado la gente llena los bares de las calles de Mem de Sá, Riachuelo o Lavradio. Ojo a los conciertos en las discos de Circo Voador (Calle de los Arcos, s/n – www.circovoador.com.br) y Fundição Progresso (Calle de los Arcos, 24 – www.fundicao.org).

Para oír las canciones populares brasileñas, los sambas antiguos, de “raíz” y en vivo, hay que ir al Clube dos Democráticos (Calle Riachuelo, 91), creado en 1867 y de nuevo alzado a los tiempos de gloria de las manos de los jóvenes bohemios de hoy. En el  Río Scenarium (Calle Lavradio, 20 – www.rioscenarium.com.br), muchas parejas enseñan, entre la destacada decoración de ese caserón que de día funciona como anticuario, los pasos que habrán aprendido en clases de baile. Las opciones culturales se suman a las de gastronomía: el restaurante Nova Capela (Calle Mem de Sá, 96) se hizo famoso con platos exóticos como jabalí y cabrito. 

No muy lejos funcionan “gafieiras” como la Estudantina (Plaza Tiradentes, 79), sitio del año de 1932 donde se baila samba con orquesta y pasos combinados. Al lado está el centro de la ciudad, que concentra un sin fin de opciones de museos y centros culturales como el de Banco do Brasil, la Casa França Brasil y el Espaço Cultural dos Correios. En frente está la famosa Iglesia de la Candelaria. A una estación de metro, en Cinelândia, se ven el Theatro Municipal, el Museo de Bellas Artes y la Biblioteca Nacional. Todo cerca al Museo de Arte Moderno (MAM): construido en 1958, el museo tiene 1.700 obras y está instalado en medio a los jardines de Aterro do Flamengo.

El barrio de Flamengo lleva el mismo nombre del equipo de fútbol más popular en Brasil – una pasión que nos lleva al Maracanã (Calle Professor Eurico Rabelo, s/n), estadio construido en 1950 para ser sede del Mundial de Fútbol y hoy con capacidad para 114.145 personas. Las tardes de partido son tardes de fiesta.

Fiesta. Una palabra que brota de las calles. Al final del recorrido, uno se dará cuenta de que no vio todo. La ventaja es que siempre se puede volver, con la seguridad de encontrar al Cristo Redentor “con los brazos abiertos sobre la Bahía de Guanabara”. ¿La canción perfecta para puntuar ese momento? “Samba do avião”, de Tom Jobim. De regreso a Río, él describió: “Mi alma canta/ Veo Río de Janeiro/ Estoy muriendo de “saudade”/ Río, tu mar, playas sin fin/ Río, estás hecho para mí”. Como Tom Jobim, muchos lo sienten igual. “El agua brilla, mira la pista/ Pues vamos/ Aterrizar.”

El Cristo Redentor una maravilla carioca y del mundo

El paseo más bonito y seguro se hace desde el tren eléctrico que sale de los pies del Corcovado, en un recorrido por dentro de la Floresta de Tijuca, la mayor floresta urbana del mundo

El Cristo Redentor es uno de los 21 candidatos al grupo de las nuevas siete maravillas del mundo que saldrán vencedoras en julio, en la final de un concurso que promueve la organización privada New 7 Wonders Foundation, con sede en Suiza. Tiene 38 metros de altura (más los 710 metros del cerro de Corcovado), fue inaugurado en 1931, recibió nueva iluminación en 2000 y escaleras mecánicas en 2003 que sustituyen a los 220 escalones hasta el pie de la estatua. El paseo más bonito y seguro se hace desde el tren eléctrico que sale de los pies del Corcovado, en un recorrido por dentro de la Floresta de Tijuca, la mayor floresta urbana del mundo.

Del alto se ven las playas de Copacabana y Ipanema. La primera, junto a la playa de Leme, compone una extensión de 4,15 kilómetros con piedras portuguesas blancas y negras cuyo diseño recuerda las olas. En las extremidades, dos antiguas fortalezas militares abiertas a visitas dan una clase de Historia. El Forte de Leme esconde senderos de puro verde y el Forte de Copacabana, construido en 1914, ofrece una vista linda de la playa, además del café de la tradicional Confitaría Colombo (la original, en estilo art nouveau de comienzos del siglo XX, se ubica en el centro de la ciudad, en la calle Gonçalves Dias, 32). Al fin de la tarde, mientras el sol se echa a descansar, los pescadores de la colonia del lado regresan del mar y venden en el mercado sus pescados. 

Por Ipanema pasaba la chica del cuerpo dorado, la cosa “más linda, más llena de gracia”, que inmortalizaron los cantantes Tom Jobim y Vinicius de Moraes. Hoy pasa una ola de chicas, chicos, gente famosa que hace de Ipanema un punto de encuentro. Es paseo obligatorio caminar por la acera, el llamado “calçadão”, y tomar agua de coco en los quioscos. A la hora de la puesta de sol, uno se debe unir a los cariocas que, a la altura del puesto 9 de la playa de Ipanema o desde la piedra de la playa de Arpoador, suelen aplaudir el espectáculo. 

Sin embargo, Río guarda buenas sorpresas en las playas más alejadas del ámbito urbano. La playa de Joatinga, en la zona oeste de la ciudad, es encantadora y salvaje. Hay que bajar por una gran piedra para llegar hasta la arena y el verde mar. Las olas están hechas para el surf, y si la idea es practicar deporte, aun mejor está la playa de Prainha, reducto de jóvenes surferos. Un poco más lejos, la playa de Guaratiba espera a los que desean un rico pescado.

En la playa de Botafogo no se suele nadar, pero caminar por la ciclovía (carril destinado a las bicis) revela miradas privilegiadas del Cristo Redentor, del Pan de Azúcar y de la playa de Urca. Y si a uno le agarra hambre a mitad del camino puede probar las famosas carnes brasileñas en la “Churrascaría Porcão Rio´s”.

En bicicleta se puede pasear alrededor de la laguna Rodrigo de Freitas, con 2,4 millones de metros cuadrados en forma de corazón. Hay además cuadras polideportivos, parques y quioscos que invitan a una cena romántica al margen del espejo de agua. Las bicis se las puede alquilar en distintos puntos de la laguna, los más conocidos están cerca al Parque de los Patins y al Parque de la Catacumba, que guarda un sendero cuyo topo regala una visión increíble de la “lagoa” (en portugués).  EFE/Reportajes