La alegría de resucitar

Federico  Henríquez Gratereaux

Los sufrimientos y dolores de los enfermos son muchísimos; tantos como enfermedades existen. Cada enfermedad tiene sus síntomas característicos y nos afecta de un modo diferente. Esos dolores son, al mismo tiempo, físicos y “espirituales”. Al enfermo no sólo le duele una extremidad o una víscera -o sangra o vomita-, también le parece que sus días están contados; que ya no disfrutará más del buen vino, del baile, de la compañía de familiares y amigos. Algunos enfermos se lamentan de que no verán terminados los trabajos en que se habían embarcado; y sufren por el futuro de esposas e hijos que, probablemente, ya no podrán ayudar.

Los enfermos curados suelen dar gracias a Dios por su curación; acuden a las iglesias a expresar su alegría por verse libres de sus dolencias. En todos los santuarios se prenden velones moldeados en forma de hígado, corazón o pulmones, para rogar por la curación de esos órganos. Curación es sinónimo de salvación. Se dice que la isla de Curazao debe su nombre a que allí encontraron curación unos emigrantes, judíos sefarditas, procedentes de Portugal y de los Países Bajos. Esta isla fue colonizada –nada menos- que por Alonso de Ojeda al final del siglo XV. El hombre curado celebra su convalecencia como una reinserción en la naturaleza.

Un famoso escritor –curado de tuberculosis- escribió un breve libro titulado “Bodas”, esto es, bodas con el mundo. Echarse sobre un césped, y frotar el cuerpo con hojas y flores, podría ser un ritual de resurrección para los no creyentes. Recuperar la fortaleza del cuerpo, el ánimo para continuar las empresas personales, es algo que debe ser celebrado con música, bocadillos y danzas. Poner los pies descalzos sobre la tierra tal vez sea una forma de reafirmar la conexión con la energía planetaria.

Eso creían los antiguos griegos; y lo siguen creyendo algunos artistas contemporáneos, que optan por el uso de sandalias para prevenir infecciones en las uñas. Levantarse temprano para ver el amanecer, después de haber superado la enfermedad, es una experiencia entre mística y panteísta. No conozco a nadie que haya resucitado; por tanto, no sé si habrá en esos casos extremos tanta alegría como sienten los enfermos recuperados.