La antorcha, los hechos y Bosch

ANTONIO PEÑA MIRABAL
En su discurso de proclamación de la pre-candidatura presidencial del PLD, el Presidente de la República y presidente de dicha organización doctor Leonel Fernández, expresó, como la razón fundamental de sus aspiraciones reeleccionistas, que dos colosos de la vida política nacional le había entregada en el año 1996 la antorcha para dirigir los destinos del país, y que sólo Dios y el pueblo serían los que determinarían cuándo él la entregaría. Esa expresión denota implicaciones psico-sociales, que no es la intención del presente trabajo analizar, pero que muy bien pueden describir las razones que impulsan las intenciones continuistas del presidente Fernández.

Como dijo el profesor Bosch, la actividad política hay que verla en movimiento y no estática, lo que significa que las condiciones políticas que existían en el año 1996 no son las que prevalecen en el pueblo dominicano del año 2007, por lo que no puede pretender que aquellas razones del momento histórico de la confrontación Balaguer-Peña Gómez se eternicen, ya que la misma no existe en la actualidad y sus protagonistas desaparecieron. La realidad política-social del momento es totalmente distinta y lo que el presidente Fernández debe comprender es lo que decía el profesor Bosch en su libro “El PLD un partido nuevo en América”, cuando se refería al papel que juegan los hombres en la historia de los pueblos: “En la vida de algunos seres humanos se dan hechos que parecen fortuitos y no lo son, pero es al cabo de algún tiempo cuando los protagonistas de esos hechos advierten que no fueron casuales”. La entrega de la antorcha en aquel momento al PLD respondió a una realidad específica, la de hoy es otra.

En aquella ocasión el doctor Balaguer tenía como objetivo impedir que el PRD y el doctor Peña Gómez llegaran al poder, por dos razones principales, la primera, existía temor a que el PRD en el gobierno emprendiera procesos judiciales que pudieran alcanzar al propio Balaguer, y la segunda, la convicción del doctor Balaguer de que un gobierno encabezado por el doctor Peña Gómez, representaría una amenaza de origen étnico para el pueblo dominicano. Además el doctor Balaguer se trazó como meta durante toda su vida política, no dejar sucesor, de ahí que nunca permitió que nadie con luz propia brillara a su lado, lo que explica el por qué escogió a un extraño y no a uno de su propia organización, para apoyarle en las elecciones del 1996. Los predestinados no existen en la actividad política. Que algunos se lo crean y lo manifiesten públicamente, es el resultado del ejercicio del poder con carencia de sencillez y humildad. Los que se han creído por encima de los hombres y las circunstancias, han terminado muy mal su vida política.

El paradigma de los peledeístas debe ser Bosch y no Balaguer, al que siempre combatió en las ideas y las acciones políticas. El poder nunca lo obnubiló, pero jamás se creyó insustituible a pesar de que por su restitución en el poder, el pueblo dominicano protagonizó una de las epopeyas más hermosas que registra la historia contemporánea: La Revolución de Abril. Pero Bosch siempre tuvo claro que era de carne y hueso, que su origen humilde nunca lo olvidó a pesar de llegar a la primera magistratura de la nación, a pesar de ser una autoridad universal de la literatura y a pesar de tener grandes amigos por todo el mundo. Por tener los pies sobre la tierra escribió en su libro Clases Sociales en la República Dominicana, lo siguiente: “En el orden de las actividades políticas la sociedad dominicana lo único que nos enseña mediante la práctica diaria es que los que se dedican a luchar por los derechos del pueblo y por la revolución son perseguidos, son torturados, son exiliados o son asesinados. En una sociedad como la nuestra, ampliar, profundizar y refinar la conciencia política requiere no solo mucho estudio; requiera también que el que se dedica a la actividad política incorpore lo que estudia a su vida misma, a su manera de sentir y de pensar, a su manera de actuar; y para lograr eso hay que vivir en un estado de vigilancia perpetua; de vigilancia de uno mismo sobre sus ideas, sobre sus sentimientos, sobre sus actos, a fin de mantener esas ideas, esos sentimientos y esos actos en el nivel apropiado para el desarrollo constante de una conciencia política real, auténticamente revolucionaria. Quien no establece esa vigilancia sobre sí mismo le pasa que sin que se dé cuenta, va siendo arrastrado día tras día por la corriente social propia de la clase o la capa a lo que pertenece; de una corriente social que en un país de escaso desarrollo clasista se dirige inevitablemente hacia un punto muerto que se llama caudillaje, aunque algunos sociólogos de nuestro país lo llamen caudillismo”. Así pensaba Bosch y así vivió Bosch, aunque algunos ahora quieran distorsionarle y acomodarlo a sus intereses particulares.