La apuesta poco segura del presunto heredero

DES MOINES, Iowa.- Nunca fue demasiado difícil dilucidar gran parte de las estrategias de las campañas presidenciales de los senadores John McCain y Hillary Rodham Clinton. Buscaron presentar las nominaciones de sus partidos como inevitables, y así generar una estampida de apoyo por parte de donadores, delegados, funcionarios elegidos, líderes de opinión y — la idea es — el electorado real.

Tal estrategia ha probado ser confiable en los últimos 30 años. Provocó el ascenso vertiginoso de George W. Bush en el campo republicano en el 2000, y fue central en las estrategias para la nominación de Walter Mondale en 1984, Bob Dole en 1996, John Kerry en 2004 y George Bush padre en 1988, para nombrar unos cuantos. Sin embargo, al parecer, no es así en esta ocasión.

Para cuando McCain pronunció su discurso sobre Irak en Virginia la semana pasada, era muy factible que muchos en su propio partido lo describieran como alguien con pocas probabilidades más que como inevitable. Para Clinton, la situación no es tan aparentemente extrema, pero cualquier esperanza que tuviera de que los demócratas abrazaran su candidatura como inevitable se ha visto truncada por el ascenso del senador Barack Obama, la fuerza persistente del ex senador John Edwards y el descontento en algunos distritos demócratas de poner otro Clinton en la Casa Blanca.

Después de observar los logros de McCain y Clinton, parece razonable preguntarse si ya pasó la época del candidato inevitable, la víctima de un ambiente de campaña cada vez más caótico que desafía la coordinación incluso de la campaña más experta. En efecto, la pregunta real podría ser: ¿por qué cualquier candidato quisiera siquiera ser percibido como inevitable hoy en día?

Si funciona la estrategia, como sucedió con George W. Bush en 2000, el atractivo es obvio. Ahuyenta, o al menos deja fuera, competidores, en particular cuando se trata de atraer la atención de los medios informativos. A los políticos y al electorado les encanta tener un ganador. El aura de éxito permite que las campañas recluten donadores, talento, respaldos y grupos clave de electores.

“La gente quiere ser parte de la masa”, dijo John Weaver, un asesor sénior de la campaña de McCain, al describir la estrategia de todos a bordo. “Y nosotros estamos en el negocio de hacer crecer la masa”.

Aun cuando una estrategia de inevitabilidad funciona, no obstante, casi siempre es dolorosa para el candidato que la adopta. Históricamente, el sufrimiento ha redituado; el candidato inevitable tiende a ser el nominado. Sin embargo, hoy en día, la bulla de la información de periodistas aficionados en las bitácoras, programas de entrevistas por radio y ciclos de noticias las 24 horas, ha hecho que la estrategia sea más difícil de ejecutar, y ahora podrían ser mayores los costos.

Las campañas presidenciales siempre han sido un ritual de construir y demoler candidatos, y nada invita más a una demolición que ser percibido como el puntero. Estar hasta arriba lo convierte a uno en el gran blanco de los oponentes y los medios informativos, lo coloca a uno para el arrepentimiento del comprador, un fenómeno común en el proceso de nominación, incluso antes de realizada la venta. Incluso el inevitable Bush tuvo que padecer una derrota en las primarias de Nueva Hampshire (contra, bastante apropiado, McCain).

“Como dicen en Long Island, entre más arriba se está en el asta bandera, más personas pueden ver la parte trasera”, dijo Richard Bond, un ex presidente del Comité Nacional Republicano quien se inició en política en el condado de Nassau, Nueva York.

Una campaña que le dice al mundo que es inevitable llega — inevitablemente — a creérselo. Un candidato inevitable es uno complaciente, confortable encima de una campaña, tan ocupado alienando respaldos y planeando su convención que no se arriesga ni reacciona ante signos de decadencia.

Tony Fabrizio, un republicano quien fue el encuestador de Dole cuando contendió por la presidencia en 1996, dijo que en su campaña decidieron no transmitir anuncios por televisión desde el principio, a pesar de que las encuestas de opinión mostraban que Dole se estaba rezagando, por temor a que al hacerlo se debilitaría el esfuerzo de Dole por presentar su nominación como algo conocido de antemano.

 “Ese es el problema de exagerar la inevitabilidad”, dijo Fabrizio. “Al final, alguien te va a rebasar”.

Jim Jordan, un estratega demócrata y alguna vez coordinador de la campaña de Kerry, dijo: “Es psicológicamente dañino en extremo, incluso peligroso, para una campaña. Conduce a un exceso de precaución. Conduce a que el mensaje sea monótono. Es un elemento disuasivo para no tomar riesgos ni expresar convicciones, lo que es importante para el electorado”

En el pasado, el sufrimiento pudo haber valido la pena por los logros. Después de todo, Dole ganó la nominación de su partido. Kerry pasó dos meses descartado como el nominado de su partido en 2004, pero terminó embolsándose casi todo una vez que empezó la votación. Mondale se vio en apuros por Gary Hart en 1984, pero resultó nominado.

Sin embargo, hay una sensación creciente en los círculos políticos, en particular al observar a McCain, que ya no sigue siendo el caso. La mentalidad de demoler al líder parece haber alcanzado niveles de estridencia debido a la proliferación de fuentes de información, donde hay una recompensa al ser escuchado. ¿Y qué mejor forma de ser escuchado que atacando un gran blanco?

Asimismo, hay muchas más personas buscando encontrar información que descalifique un puntero, y muchos más foros para obtener esos datos antes que el público. La intensidad temprana de la campaña de 2008 también significa que los candidatos han sido elevados — ya sea por ellos mismos o por los medios informativos — al nivel de inevitables mucho antes que en el pasado dejándolos hasta arriba del asta bandera mucho más tiempo. De las campañas de Clinton y McCain, salió una serie larga de comunicados sobre este respaldo o aquella encuesta de opinión, así como un mensaje nada sutil de abordar el tren entregados a puerta cerrada a contribuyentes potenciales.

Internet también hace que sea más factible que un candidato que aparece después venza al inevitable. Piénsese en Al Gore en esta ocasión, en comparación con Hart en 1984. Chris Lehane, un consultor de Gore en 2000 que ha asesorado a los Clinton durante años, indicó que el resultado podría haber sido diferente para Hart: “¿Si Gary Hart hubiera tenido Internet disponible en 1984, podría haber superado las considerables ventajas institucionales de Mondale, principalmente su baúl de guerra y el apoyo institucional?”.

Es posible que Clinton y McCain no sean las pruebas ideales de esta estrategia, dadas las reservas de algunos demócratas respecto a ella y las de algunos republicanos en cuanto a él. Hubo evidencia cristalina de eso cuando estalló el globo de la inevitabilidad de McCain — picado por los escasos recursos recaudados en el primer trimestre y diversas encuestas que muestran que se está rezagando. Los candidatos inevitables no pueden quedarse atrás en las encuestas, sin importar que tan tempranas sean.

Es presumible que los candidatos tengan tiempo para tratar de colocar la bandera de la inevitabilidad otra vez, suponiendo que quieran, y pueden dilucidar cómo volver a pegar a Humpty Dumpty. Sin embargo, según los que han vivido eso, la mejor forma de hacerlo es dejar de decirle a la gente que se va a ganar.

“El reto va a ser decirle al electorado algo más que la pura inevitabilidad”, dijo Peter Hart, el encuestador que asesoró a Mondale cuando empleó esa estrategia. “La inevitabilidad no es un mensaje. Mondale aprendió eso, y creo que cualquier otro candidato que contienda con base en la inevitabilidad lo aprende. Debe haber algo a lo que agarrarse. La inevitabilidad no es un son al que baile la gente”.