La autenticidad está en quiebra

No pasa un día sin que el país sea golpeado por la falsedad. Recién se publicó sobre la falsificación “en paquete” de los detalles personales de un fugitivo de categoría que por vías ordinarias obtendría pasaporte engañoso, “borrado” de huellas y otros documentos ficticios para irse del país. Luego estalló el escándalo de inscripciones de nacimiento  fraudulentas de dominicanos convertidos en extranjeros en toda  una oficina  de lo civil. Los fugitivos más buscados de los últimos tiempos lograron “obtención” diversa de cédulas con nombres diferentes. Y el personaje español acusado de un multimillonario lavado de activo en la región Este es buscado a través de por lo menos cuatro identificaciones diferentes que lo harían aparecer como criollo.

Con  frecuencia en República Dominicana la realidad es difícil de describir y la apariencia siempre ha de ser sospechosa. Debemos estar en los primeros lugares del libre expendio de medicamentos espurios en el continente. Un cincuenta porciento de las facturas de energía registradas esconde un consumo mayor. Cincuenta  “peloteros” fueron estafados hace poco con un ficticio proyecto de viaje deportivo a Holanda y el consulado de los Estados Unidos es acosado por un ejército de falsos funcionarios que ofrecen diversas “facilidades” para la obtención de visas. ¡Oh tramposos de toda laya! ¿Hasta cuándo?

Esa persistente inequidad

Los dominicanos estamos acostumbrados al elogio a nuestro “crecimiento excepcional”. La economía ha ido en ascenso aun en situaciones de crisis. Por encima de los demás países de la región, en tiempos normales, y en índices positivos aunque  los demás  se estanquen o retrocedan. Pero ningún organismo externo ha dejado por eso de decir también que esta es una República de hiriente brecha entre ricos y pobres. Sobresaliente generando riqueza pero sobresaliente al distribuirla mal. Los estratos pobres o muy pobres  crecen en términos relativos y absolutos de una forma vergonzosa. Ninguna tarjeta “modélica”” es suficiente  para atenuar el fracaso del Estado como redistribuidor del ingreso. Y no se palpan indicios de cambios estructurales para romper el círculo vicioso  que hace permanecer a la gente en estrecheces. La mala calidad de los servicios de Educación y Salud expresan desatención a dos aspectos clave para cambiar la realidad. ¿De qué se ufana entonces el poder?