La batalla por la Casa Blanca

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POR ROSARIO ESPINAL
La campaña electoral en Estados Unidos ha sido larga. Comenzó a principios de año con las primarias del Partido Demócrata y no ha cesado. Dos temas han dominado los discursos de campaña: la guerra contra el terrorismo y la situación económica.

El Partido Republicano apuesta a que el terrorismo es el principal desafío de Estados Unidos y que la elección del Presidente el próximo dos de noviembre debe basarse en aquilatar quién enfrentará mejor este problema. El Partido Demócrata asume que una economía sólida es la base de la seguridad nacional y que los votantes eligen un Presidente tomando en cuenta fundamentalmente la situación económica.

Temas ampliamente discutidos en la campaña incluyen la guerra en Irak, el desempleo, los salarios y el poder adquisitivo, el sistema de seguridad social, los costos de los servicios de salud, la educación de los más necesitados, la reforma constitucional para establecer el matrimonio como unión heterosexual, y el financiamiento público de las investigaciones científicas con células madres embrionarias para la posible curación de enfermedades. Los candidatos difieren en sus posiciones sobre estos asuntos y en las soluciones que proponen. El tema esquivo de campaña ha sido la inmigración.

Con este menú temático ambos partidos luchan por construir una mayoría electoral el 2 de noviembre que, en Estados Unidos, debido al sistema de elección presidencial indirecto, significa ganar la contienda estado por estado.

Gana la Presidencia el partido que acumule un mínimo de 270 electores (o puntos) de un total de 538. En este sistema de colegios electorales cada estado tiene un número de electores asignado en función del número de representantes al congreso. Por eso algunos estados son más importantes que otros en la contienda electoral.

Los estados con mayor número de electores son California (55), Texas (34) New York (31), Florida (27) Pennsylvania (21) Illinois (21) y Ohio (20). De estos, Florida, Pennsylvania y Ohio son “estados de batalla” donde las diferencias en las preferencias electorales no han estado claramente definidas en los últimos meses. En estos estados se ha intensificado la campaña de los candidatos en busca de los votos cruciales para acumular el mínimo de 270 electores necesarios para ganar.

Este sistema de elección presidencial indirecto, que obliga a ganar las elecciones presidenciales estado por estado, unido a las segmentaciones sociales por clase, raza, etnia, género, región y religión que caracterizan la sociedad americana, hacen del proceso electoral un rompecabezas político. Complica también el escenario electoral una contienda cerrada por la carencia de una legislación electoral unificada a escala nacional.

La construcción de mayorías electorales en el siglo XX

Entre los años 30 y 70 el mapa electoral de Estados Unidos se configuró en torno a la política del “New Deal” del gobierno de F. D. Roosevelt que tanto benefició al Partido Demócrata. Apoyaban a los demócratas los blancos sureños, la clase obrera del norte, los afro-americanos y los liberales acomodados. Era una mezcla electoral diversa que por diferentes razones y en distintos momentos se había configurado en torno a ese partido.

Los blancos sureños porque estaban molestos con Abraham Lincoln quien había declarado el fin de la esclavitud. La clase obrera del norte porque F.D.Roosevelt había sido el arquitecto del “New Deal”, estrategia mediante la cual se estableció el Estado de Bienestar, con una política de creación de empleos para salir de la Gran Depresión y el inicio de los principales programas sociales que sirvieron de soporte a la expansión de la clase media. Los afro-americanos (y más tarde los latinos, con excepción de los cubanos) porque la extensión del “New Deal” a los nuevos grupos desposeídos en los años 60 les benefició económica y políticamente. Y los liberales de capas medias porque encontraron cobija ideológica en los gobiernos de F.D. Roosevelt, John F. Kennedy y Lyndon Johnson con sus programas sociales y defensa de las libertades públicas y los derechos civiles.

Esa mayoría electoral demócrata gestada en los años 30 comenzó a desarticularse en los años 60. Los primeros en abandonar su lealtad al Partido Demócrata fueron los blancos sureños cuando a principios de los años 60 los gobiernos demócratas afirmaron su compromiso con impulsar los derechos civiles a favor de los negros. Más tarde inició su salida del entorno demócrata la antigua clase obrera blanca del norte, que había ascendido socialmente en los años 50 y 60, y se sentía disgustada con la recesión de los años 70 y con la expansión de los gastos sociales a las minorías raciales.

Así, para fines de los años 70, el Partido Demócrata quedó definido como un partido de minorías e identificado con las fuertes confrontaciones sociales de la época que incluyeron el movimiento en contra de la guerra de Vietnam y las protestas raciales. Esto explica porqué el Partido Demócrata estuvo fuera del poder parte de los años 70 y en toda la década del 80 hasta 1992.

El brote político neo-conservador que se inició en 1980 con la elección del Presidente Ronald Reagan, modificó de nuevo el mapa electoral de Estados Unidos. Se gestó una nueva alianza de preferencias electorales entre diversos sectores que incluía mayoritariamente hombres, anticomunistas, evangélicos de la llamada mayoría moral, una importante porción de la clase trabajadora blanca, la mayoría blanca de las regiones del centro y sur del país, y la nueva juventud neoliberal que impulsaría el crecimiento de la industria de alta tecnología y los mercados financieros. Con estos sectores se aseguró el Partido Republicano 12 años en la Casa Blanca (1980-1992), así como la transformación de las relaciones de poder a su favor en el Congreso y en los gobiernos estatales que perdura hasta el presente.

En política doméstica, este giro significó un cambio importante en la ideología y las políticas públicas, produciéndose un movimiento a favor de los recortes en gastos sociales, la reducción de los impuestos y la desregulación de las empresas. También se incluyó una agenda social conservadora en contra del aborto, el secularismo en la educación y los derechos de las minorías sexuales. En política exterior, el eje aglutinante de la mayoría republicana fue la destrucción del comunismo.

Para 1990, Estados Unidos había completado dos de esos tres grandes objetivos del proyecto neo-conservador: la liberalización de la economía y la desarticulación del sistema comunista. El tema inconcluso fue la agenda social conservadora, promovida con entusiasmo por Reagan, pero nunca asumida con mucho dinamismo por George Bush durante su presidencia de 1988 a 1992.

Después de 12 años de gobiernos republicanos (1980-1992), Bill Clinton ganó la Presidencia en 1992 desarrollando el perfil del llamado “Nuevo Demócrata”. En torno a este concepto, el Partido Demócrata buscó recuperar una mayoría electoral aglutinando diversos sectores sociales que habían emigrado al Partido Republicano en años anteriores.

Clinton salió a la búsqueda del voto tradicional demócrata de clase trabajadora, para lo que le benefició la recesión de principios de los años 90 que empeoró el desempleo. Prometió profundizar, no eliminar, las medidas neoliberales promovidas e iniciadas por los republicanos en los años 80, y con esa promesa conquistó el apoyo de jóvenes empresarios y profesionales que se beneficiaban del despegue de la industria de la alta tecnología y de la expansión de los mercados financieros, pero que no estaban comprometidos con la agenda social conservadora republicana. Y en una boleta con dos sureños (Clinton y Gore) se produjo también una reconquista temporal del voto blanco del sur.

Todos estos factores le dieron el empuje electoral a la candidatura del Partido Demócrata en el 1992, mientras que la prosperidad económica de Estados Unidos en los años 90 le aseguró a Bill Clinton su reelección en 1996.

La elección de George W. Bush en el 2000 se produjo en elecciones muy cerradas, con fuertes disputas electorales en el estado de la Florida, pero demostró un esfuerzo importante del Partido Republicano por reconquistar su base tradicional de apoyo: los blancos conservadores del centro y sur de Estados Unidos y los evangélicos de la mayoría moral, movilizados en contra de un Clinton permisivo en el plano personal. El Partido Republicano ganó en la mayoría de esos estados, mientras que Al Gore ganó fundamentalmente en los estados liberales de la costa este y oeste del país.

En los inicios de su administración, Bush carecía de la suficiente fuerza y legitimidad debido al estrecho margen de triunfo en los colegios electorales, las disputas en la Florida, y a la inexistencia de una agenda política conservadora de resonancia en el país. No había grandes desafíos por enfrentar en una nación que culminaba un período de gran expansión económica y no sentía un estado de vulnerabilidad internacional después de la caída del comunismo.

Este escenario cambió radicalmente con los ataques del 11 de septiembre del 2001, que se convirtieron en el ingrediente básico para dinamizar la Presidencia de Bush con un énfasis en la política exterior, fundamentada en una rápida y significativa presencia militar en el continente asiático en alianza con Gran Bretaña.

2004: LAS PRIMERAS ELECCIONES DESPUÉS DE 9/11

Los ataques del 11 de septiembre y las guerras subsecuentes en Afganistán e Irak han agregado nuevos elementos a los desafíos en la conformación de una mayoría electoral en Estados Unidos.

En la campaña electoral, el Partido Republicano ha apostado a que el miedo al terrorismo y la postura fuerte de combate del gobierno de Bush le aportarán el necesario apoyo de los votantes. Asumen que en torno al tema del terrorismo cierran fila todos los conservadores, que constituyen la mayoría de los votantes en muchos estados del centro y sur del país, y que muchos independientes y demócratas a escala nacional que quieren continuidad en la política de seguridad nacional depositarán su voto por Bush. Prometen también los republicanos que no aumentarán los impuestos, tema siempre muy popular entre los votantes, y recuerdan que otorgaron a todos los contribuyentes una reducción de impuestos a principios del gobierno.

El Partido Demócrata, por su parte, asumió desde el principio de la campaña que lo más importante a la hora de votar no es la política exterior, sino la evaluación que hacen los votantes de su situación económica. Por lo tanto, John Kerry desarrolló un discurso crítico a la administración de Bush por el alto déficit fiscal, la falta de dinamismo en la creación de empleos, los altos costos de los servicios de salud, y el creciente número de personas sin plan médico.

Ambos candidatos trataron de ser monotemáticos en los meses iniciales de campaña, Bush enfatizando su trabajo en el área de la seguridad nacional, y Kerry abordando los problemas irresueltos o empeorados en la economía de Estados Unidos. Pero en el forcejeo electoral, cada contrincante llevó al otro a su terreno de supuesta ventaja. Bush tuvo que hablar de la economía y Kerry del terrorismo y la guerra en Irak.

Como bien se reflejó en los debates presidenciales, son muchos los temas que captan el interés de los votantes, haciendo el menú de opciones diverso para la ciudadanía a pesar del peso que tienen el terrorismo y la guerra de Irak en este proceso electoral. Por ejemplo, temas como la escasez de vacunas contra la gripe o el deseo de muchos de que el gobierno invierta más recursos en la investigación científica con células madres embrionarias para la posible curación de enfermedades, podrían incidir en la decisión final de los votantes.

El tema relativamente ausente en los debates de campaña, por lo menos en la construcción de fuertes antagonismos públicos entre los candidatos, ha sido la inmigración, a pesar de ser un tema de gran interés para la población. La razón es que históricamente el Partido Demócrata se benefició del voto latino (mexicano y puertorriqueño en mayor número), mientras que el Partido Republicano obtuvo el apoyo cubano. En años recientes, sin embargo, el Partido Republicano ha tenido como punto de agenda importante aumentar el apoyo electoral de los latinos más allá de los cubanos, mientras que el Partido Demócrata no quiere perder la ventaja relativa que ha disfrutado con los latinos. Hablar del tema de la inmigración en Estados Unidos significa hablar de los latinos y correr el riesgo de generar descontento en algún sector, lo cual no está en la agenda de ninguno de los dos partidos por una sencilla razón: se estima que para el año 2050 los latinos constituirán cerca del 25% de la población de Estados Unidos, con un potencial electoral importante. Por eso ambos candidatos han preferido obviar el tema en la medida de lo posible para evitar controversias y disgustos.

Un asunto que podría incidir en las votaciones del 2 de noviembre es la cantidad de nuevos votantes inscritos. En promedio, en Estados Unidos se abstiene alrededor del 50% de las personas en edad de votar y alrededor de un 30% de los votantes inscritos en el padrón electoral. Estos datos han motivado a seguidores de ambos partidos, sobre todo en los llamados “estados de batalla” como Ohio y Pennsylvania, a registrar nuevos votantes y a motivar a los inscritos abstencionistas a que participen en las elecciones. Como el registro para votar en Estados Unidos es opcional y no está vinculado a otro documento de identidad personal, registrar nuevos votantes requiere de un esfuerzo político de los partidos. El esfuerzo se ha venido realizando, y si la historia pasada de alto abstencionismo se modifica un poco, entonces algunos abstencionistas del pasado podrían tener su impacto en el resultado electoral de este año.

Encuestas de los distintos medios de comunicación revelan que en los últimos meses las preferencias electorales se han modificando dentro de márgenes estrechos, en función de cuán pesimista u optimista se muestra el electorado con respecto a la guerra en Irak, el terrorismo, la situación económica, y otros temas que promueven los candidatos y tocan el nivel de bienestar que siente o no la población.

Por esta razón, el desenlace final del proceso electoral 2004 será probablemente más complejo que una consulta nacional sobre la guerra contra el terrorismo o Irak. Es de esperarse que de nuevo clase, raza, etnia, género, región y religión incidirán en la construcción de la mayoría electoral necesaria para ganar la batalla electoral por la Casa Blanca.