La batalla que debemos ganar

Pocos temas han unificado tanto al pueblo dominicano como el de la crisis surgida con Haití por pretender atribuirle al Proceso de Regularización de Extranjeros la culpa por una crisis humanitaria que en ese país ha sido ancestral, una tragedia. El Consejo Nacional de la Empresa Privada, un grupo económico influyente, se ha unido al Gobierno para defender al país, para lo cual se ha acordado contratar agencias especializadas en relaciones públicas.

La República Dominicana tiene que desplegar su mejor diplomacia para desarticular el tinglado que a base de mentiras han tejido Haití y otros países, contra el acto de soberanía, innegociable, que lleva a cabo el Gobierno dominicano para trazar las pautas migratorias que juzga más convenientes. La pobreza extrema, la insalubridad y la falta de institucionalidad son aspectos de una crisis humanitaria que nació y vive en Haití y que no fue llevada por los dominicanos.

Como Estado soberano, estamos retados a cerrarle el paso, de una vez por todas, a la sarta de infamias propaladas por el Gobierno haitiano y de la que se han hecho eco los llamados amigos de Haití, esos mismos que nunca han hecho nada por atenuar la crisis humanitaria endémica del país más pobre de América. Es una batalla que debemos ganar con gallardía y firmeza, apegados siempre a la razón y la verdad.

Criminalidad por todas partes

La delincuencia quebró la tranquilidad característica de Gascue y causó la muerte de un comerciante y heridas a otra persona, durante un intento de asalto a un colmado. En Los Mina, un grupo tiroteó un destacamento policial y un capitán adscrito a ese recinto murió de un infarto en medio de la balacera. Fueron varios los casos de violencia delictiva repartidos en la capital y el interior, en un acontecer que se ha hecho cotidiano y costumbre en la vida de los dominicanos, y que no discrimina categorías sociales.

La falta de seguridad ha hecho que no haya un dominicano que no resultara afectado por algún acto delictivo, directa o indirectamente. La frecuencia de sucesos sangrientos sigue su ritmo ascendente, mientras que el Estado no da señales de tener la capacidad necesaria para frenar la ofensiva.