La belleza y sensualidad, poder y estatus

La evolución de las especies, según estudiosos citados por José Ingenieros, en “La Simulación en la Lucha por la Vida”, escrita muchas décadas atrás, pero de increíble premonición y actualidad;  explica cómo la belleza como simulación de salud y capacidad reproductiva, hace atractiva la flor para la abeja y la hembra para el macho, debido a un programa instintivo de reproducción y supervivencia.

El hombre, empero, ha usado la belleza, sobre todo la de la mujer, con otros propósitos. Haciéndola un símbolo de estatus y por ende, de poder; un elemento de persuasión y de intercambio, o sea, canjeable por dinero o bienes, aunque, según un antiguo profesor de economía, nunca se usó como moneda, debido a que se devaluaba muy rápidamente.

Todo lo que alguien posee, en tanto es deseado por otras personas, sirve como elemento de poder, en el sentido de su definición weberiana de que “aumenta la probabilidad de que otras personas obedezcan o actúen en el sentido deseado”. Cuando a la atracción que por la belleza de la hembra siente el varón, se unen su necesidad de reproducción, la de tener compañía, afecto, familia y hogar, la cosa se complejiza. Especialmente, si alguien espera que su pareja reúna todas esas condiciones de manera excelente.

La belleza, junto a otras capacidades de producir placer estético, sensual, soporte emocional y afecto a la vez, reunidos en una persona, puede producir muchas complicaciones, como sucedió con Helena de Troya.  El asunto puede resultar difícil en extremo por el hecho de que no hay garantía absoluta de que lo mismo piensa cada miembro de la pareja. Porque tampoco el afecto o el amor pueden lograrse sin la voluntad del otro o la otra. En ese sentido, “el sexo” viene a ser un bien que puede enajenarse a sí mismo, aún en contra de la voluntad de “el dueño”. Por lo cual decía Bueza, que “hay cosas que no tienen dueño, como el río, el amor y el ensueño”.

Por eso fue Dios tan riguroso en decirnos que la pareja deberá constituir una sola carne, y fundarse en el amor a Dios y al otro. Cuando no hay temor de Dios en la pareja, puede que lo que gobierne la relación sea la sensualidad, la lucha varón-hembra por control- poder, el afán de estatus, o el valor o precio de cada uno en el cambiante mercado del placer y  del sexo. Por eso es que a menudo usted se pregunta acerca de una pareja ideal, por qué se separaron, si se veían perfectos el uno para el otro. Uno de ellos o ambos, perdieron valor sensual o atracción, o apareció una tercera persona que superaba en uno de esos “valores” a la pareja abandonada. Eso difícilmente ocurre cuando Dios está en ellos.