La capilla sixtina del arte románico

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Efe- reportajes
La Capilla Sixtina es una de las mayores expresiones del arte de la humanidad. Construida en el siglo XV, durante el mandato del papa Sixto IV, es una de las estancias más celebres del Vaticano. Pero su fama no proviene de su estructura constructiva, ni siquiera porque sea el lugar de los cónclaves para la elección papal, sino que se debe a la obra pictórica que  allí dejó Michelangelo Buonaroti, mejor conocido como Miguel Ángel.

Podrían desaparecer todas las pinturas que realizó el ser humano en el siglo XVI y sólo con contemplar ésta, cualquier espíritu sensible se percataría del refinamiento estético de aquella época por esta estancia del Vaticano. Cada época tiene unos símbolos y alguna joya que por sí sola puede representar el todo. En el arte románico, ese símbolo es la Real Colegiata de San Isidoro de León, y la joya pictórica, la “capilla sixtina” románica, el Panteón Real de los reyes leoneses allí enclavado.

 A los pies de la primera construcción del templo de San Isidoro está el primitivo pórtico occidental de la iglesia, que se dedicó a Panteón Real. Allí, en un espacio cuadrangular, de tres naves, yacen 33 miembros de la familia reinante en el territorio noroccidental de la Península Ibérica.  Con cerca de 900 años de existencia, las pinturas del techo están tal como las dejó el primitivo artista que plasmó en ellas historias religiosas diversas, profundamente enraizadas en la cosmovisión de aquella oscura época, en un recinto en el que abundan los capiteles llenos de significados evangélicos y alegóricos.

Son seis las bóvedas, decoradas con excepcionales pinturas al temple, en un programa iconográfico  que incluye desde escenas del Evangelio hasta un calendario agrícola.

Escenas diversas.  Aquí hay una pintura de corte dramático, en la que Herodes ordena degollar a los niños varones de su reino; unas imágenes cargadas de expresividad, aunque con menor espontaneidad, en las que el rey aparece en su trono contemplando el degüello, en tanto que los soldados que cumplen la orden se hallan distribuidos en un espacio rígidamente compartimentado.

Otra de las bóvedas se recubre con la Última Cena, en la que Cristo y los apóstoles van ataviados de manera clásica. En esta escena aparece san Marcial sirviendo el vino. Marcial es un personaje muy estimado en la Francia medieval, donde se le creó una biografía que le hacía apóstol del propio Cristo. Su aparición en el grupo ha dado pie a quienes sostienen que el autor de la pintura pudo llegar del entorno galo.