La “Catedral” de Sal de Zipaquirá

Donde la vista agota su capacidad por la extensión de la gran sabana bogotana, justo ahí se inicia un cerro que alcanza los 2 mil 652 metros sobre el nivel del mar, espacio en el que en tiempos precolombinos los indígenas chibchas establecieron un dominio que hubo de sucumbir con la llegada de los españoles en los años 1600.
En esta colina se formó el pueblo de Zipaquirá, de unos 120 mil habitantes, distribuidos en 196 kilómetros cuadrados. Es propicio para temperaturas promedio de 14 grados. Se ha convertido en uno de los destinos turísticos más espectaculares que tiene la tierra de Gabriel García Márquez y Fernando Botero.
Los indígenas hurgaron en las entrañas de esta montaña, luego que se completara un proceso de 135 millones de años en la evolución del planeta. En ese tiempo se formaron los mares circundantes y las cuencas de Cundinamarca y la Guajira.
En un período de 90 millones de años quedaron los depósitos salinos, dando origen al Domo Salino de Zipaquirá, que sirvió de fuente de sustento a los nativos y, hasta el día de hoy, la sal se extrae de la montaña para exportación y consumo local.
Con el paso del tiempo, se llevaron a cabo tres niveles de explotación, por medio de sistemas de cámaras o galerías, que han sido propicias para la preparación de lo que es hoy: La “Catedral” de la Sal. En memoria a la fe cristiana de los mineros que adoraban a la virgen del Rosario o de Guasá, en 1920 se hace el primer experimento de erigir un altar en las profundidades de la montaña. Desde entonces y hasta la década del 50 se hizo un esfuerzo extraordinario de ingeniería y arquitectura que trasciende los límites de la imaginación.
Aunque allí no reside un arzobispo, el 13 de agosto de 1954 se inauguró este monumento a la fe, a propósito de celebrarse el Año Mariano y el segundo aniversario de la elección de la diócesis de Zipaquirá. Coincidió con la designación como obispo de monseñor Tulio Botero Salazar, quien ofició una de las primeras eucaristías aquí bajo techo natural de rocas salinas. Está dividida esta catedral en tres sectores: el deambulatorio superior o viacrucis con catorce estaciones; en el segundo se encuentran La Cúpula, El Coro, las rampas de descenso y Los Balcones, y el tercer ambiente lo comprende la Iglesia con sus tres grandes naves. Allí se observan los altares, asientos y pilares tallados similares a las tradicionales catedrales.
Visitar a Bogotá y no recorrer los 49 kilómetros hasta el Domo Salino de Zipaquirá para contemplar una espectacular obra de la ingeniería y la arquitectura en las entrañas de una montaña- convertida en Catedral-, es un sacrilegio, no importa si se es creyente católico, protestante, musulmán o ateo.