La certeza de un Estado fallido

CLAUDIO ACEVEDO
Se reafirma cada día y a cada momento. Somos una confirmación viva de todo lo que caracteriza a un Estado fallido. Y lo somos desde que fue destruido el proyecto nacional surgido de la lucha independentista de los Trinitarios en 1844. Desde esa época nos esforzamos como ahora en ocultar la debacle de lo que quisimos ser, construyendo un mundo bizantino, paralelo, virtual, de realidad falsa. Hemos errado hasta en la solución de los problemas más elementales. Hemos fallado hasta en la conservación de lo poco bueno que teníamos, como la seguridad ciudadana y la paz social.

Somos un microcosmo anormal e infuncional de la sociedad global. Carecemos de una clase dirigencial que dé forma y continuidad a un proceso orientado hacia la acumulación de progresos que desemboque en un desarrollo gradual.

Un vistazo a nuestro sistema de salud nos muestra una red de hospitales desasistidos, miles de niños con padecimientos prevenibles y pacientes incapaces de costear los gastos de salud relacionados con enfermeda-des que se originan en la marginalidad y la desnutrición.

Los distintos partidos que se han turnado en el poder merecen todo el crédito por la perpetuidad de esta situación. Por ese patinar en el mismo lugar.

Vivimos de crisis en crisis, con reclamos de sacrificios que nunca logran llevarnos a ver la luz al final del túnel. Quizá de tanto estar allí hasta nuestra visión se ha vuelto tubular. Los apagones se prolongan interminablemente como reminiscencia de una ruralidad que se niega a abandonarnos, recordándonos a cada momento que llevamos décadas fallando en la solución de este problema vital. Un problema que hace inviable e incosteable nuestro aparato productivo, pero que no nos cura la comparonería de creer que podemos competir con sociedades súper desarrolladas.

Según estudios, llevamos a la universidad a alumnos con un nivel educativo rezagado en el sexto de la primaria, que luego irán a la calle como profesionales a vaciar todas sus lagunas formativas en empresas e instituciones, reproduciendo así todas las taras de nuestro subdesarrollo.

Somos un Estado fallido porque hemos sido incapaces de responder como uno solo frente a los retos que nos conciernen a todos.

Lucimos tan perdidos, tan despitados y fragmentarios, que a veces damos la sensación de que no hay nadie dirigiendo. Tal parece que en nuestro ADN histórico hay una programación defectuosa que nos hace repetir los mismos fracasos, sin aprender las lecciones.

Aquí parece que nada se planea, si afuera, por lo menos una parte de nuestras ancestrales fallas estuvieran resueltas. Lo que hemos logrado ha sido casi por accidente o por un crecimiento vegetativo. Funcionamos como un sistema de órganos amputados, sin un centro integrador. El país es un caos

de estructuras superpuestas que se traban y duplican recursos y personal. Por eso lucimos como un país agotado.

Ese espíritu de dejar que las cosas fluyan sin rumbo y sin orden, nos ha llenado de bancas de apuestas y tragamonedas en cada esquina, donde naufragan la cultura del ahorro y del trabajo.

Las reformas que desde hace una década venimos implementando en ruta a una supuesta modernización, no han alterado significativamente el modo en que funciona la economía y nuestro sistema judicial. Sus efectos sobre el conjunto de la sociedad han sido menores. La trayectoria ha sido cuando menos errática y después de más de 10 años se han quedado muy lejos de las metas fijadas. En esto no debe haber medias tintas, los resultados parciales no provocan un mejoramiento colectivo.

Dentro de la aldea global, somos un bolsón de pobreza de 48,442 km2.

No les ofrecemos a nuestros ciudadanos un sueño por el cual luchar, una esperanza que perseguir. Por eso somos una sociedad pensando en escapar de nuestra prisión geográfica, con la idea de la emigración siempre en nuestra cabeza

Esto pudiera parecer una letanía de derrotismo y un canto al pesimismo. Pero si no reconocemos abiertamente que somos un país maltrecho nunca estaremos en condiciones de actuar en consecuencia.

Desde la tribuna presidencial no se puede tratar de eludir lo que somos y no queremos enfrentar ante el espejo. El porqué de que todavia somos un Estado fallido está, a mi juicio, en la falta de rigor y sentido autocrítico de las autoridades, que no aceptan o no quieren admitir nuestras deficiencias estructurales.