La chivirica veloz

Nunca he visto un hombre tan enamorado de una mujer como aquel amigo de la década del sesenta por la que llamaba “su divina flaca”.

Su locura romántica se debió en parte a que tenía una fijación idolátrica con la bellísima y delgadísima actriz cinematográfica Audrey Hepburn.

-Ella tiene cierto parecido en la figura con Audrey; además, camina como aquella, casi sin tocar el suelo- me dijo una mañana dominical en que libábamos ron en el restaurante Roxy, de la calle El Conde.

El problema del apasionado pretendiente consistía en que la muchacha sostenía un romance con un joven, de quien le dijo que se estaba desenamorando porque tenía un cerebro con otro; pero este no le hacía caso porque padecía de asfixia sentimental por una novel escritora.

Mi amigo pasó a ser una especie de consejero de la potencial cuernera, y se la levantó cuando ella botó al novio, y no logró seducir a aquel con quien tenía el “cráneo”.

Pese a la forma en que se produjo la conquista, siguió el fogoso galán idealizando a la huérfana de kilos, sin reparar, por su ceguera amorosa, en que la damita coqueteaba con cuanto hombre tuviera cerca.

Por eso sufrió un nocaut sentimental cuando la casquivana lo llamó una” tarde por teléfono para manifestarle que había decidido poner fin al romance; su sorpresa se debió a que habían estado en un cine dos días antes compartiendo besos y caricias.

Al preguntarle las razones de su decisión, respondió que lo hacía “porque le daba su jodida y malditísima gana”.

Un par de horas después, y al ver que ella había descolgado el aparato telefónico, se dirigió a su casa, la cual encontró cerrada. Los vecinos le informaron que se había ido a una playa con un amigo, cuyo nombre y apellido le ofrecieron.

La chica vivió un romance con su acompañante que se prolongó varios meses. Finalizó abruptamente cuando el hombre contrajo matrimonio con la hija de un rico empresario, a quien le había pegado una barriga.

Años más tarde, mi amigo se topó con él, y le preguntó si las relaciones amorosas con su ex habían comenzado aquella tarde en la playa, a lo que este respondió:

-No, allí no hubo ni un besito. Cuando nos metimos en un motel eran las dos de la madrugada del día siguiente.

Como el tiempo lo borra todo, su interlocutor rió a carcajadas.