LA COLUMNA DE HORACIO

Zulú, el folclórico cortador de césped, bardas y ramajes en mi vecindad, dispone como pocos pobres de unos oportunos recursos para protegerse de las crueles intermitencias de los servicios de salud.

Si temprano, al llegar donde su primer cliente de jardinería, lleva en brazos a un miembro de su prole que arde en fiebre y es día de huelga, recibirá la cooperación imprescindible para correr con él hacia una clínica privada en vez de quedarse a trabajar.

Cuando es en el propio jornalero en el que emergen el quebranto y el dolor, lo que a veces ocurre por su susceptibilidad al trabajo agotador, bastaría que su servicio a destajo de ese día sea para empleadores como la familia Pérez para que las atenciones médicas parezcan las ideales, en establecimientos de condiciones regulares pero  distantes de las precariedades del Luis Aybar o el Moscoso Puello.

Días después de emergencias como esa, y sintiéndose recuperado, Zulú hablará halagado de las sopitas calientes, el puré y las piezas de pollo que recibió para que los desórdenes  de su bajo vientre desaparecieran.

A veces noto en su semblante algo parecido a un recóndito deseo de volver a enfermar para recibir delicadas atenciones de caldos y vegetales, con unas enfermeras que, a costa de Los Pérez, a cada rato le vendrían a preguntar “¿Cómo sigue el señor?”

Pero no hay dudas de que Zulú evitaría indisponerse  si se huele que en la fecha en que le comienza un malestar  hay un paro de facultativos y tendría que entregarse sin excusas a los rebeldes con batas blancas de algún hospital público.

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