LA COLUMNA DE HORACIO

Cuando el triunfo es hipótesis el soñar no cuesta nada
En medio de la refriega de duros epítetos, las ideas hallaron al fin un espacio en la campaña. Ya los candidatos se agreden menos verbalmente entre ellos. Han optado por abrumarnos con proyectos e intenciones de poder. Habría que preguntar si esa no es también una forma de agredir, pero en este caso con la mira puesta en la inteligencia de los electores.

Hasta ayer mismo se tenía por seguro que algunos males nacionales son de profundas raíces y que no pocos de ellos se deben a vicios y culturas que necesitan largo tratamiento para sanar.

Y en este momento  estamos viendo que unos programas y carpetas de proyectos de locuaces aspirantes compendian fórmulas  de soluciones extraordinariamente viables, al decir de sus expositores.

Nosotros, los tontos del sufragio, no teníanos ni idea de que la conversión del país en algo tan ideal estaba al doblar de la esquina. Y bien cabe la sorpresa, porque se trata de  métodos para regir la cosa pública  a perfección que la mayoría de los proponentes tuvieron oportunidad anteriormente de aplicar y no lo hicieron.

Es probable que una parte de la sociedad estuviera ya demasiado acostumbrada al curso anterior de la campaña. El del insulto y la sinceridad de pretender despedazarse con reciprocidad y con arreglo a los instintos, pasiones y cerril rivalidad. De la crisis del pensamiento hemos pasado a lo fatuo de las intenciones. Nos prepararon para un deplorable, pero sincero  final de campaña de lanzas rotas y maldiciones; y ahora lo que se presagia es que la única tragedia colectiva  sería la de siempre: ilusionar desbordadamente a la nación para no cumplirle después.