LA COLUMNA DE HORACIO

Mezcla de emociones y colores
Escuché una vez  a un ingeniero que llamó suplicante la atención de su esposa en la reunión social en que estábamos como “mi negra linda” a pesar de que se trataba de una mujer  tan blanca como la nieve.

Igual sucedió que el único rubio que había para entonces en mi círculo de amigos era llamado por su novia de esta manera: “vámonos ya, mi negro, que es tarde”.  Cuando estaba indignada con él se le zafaba decirle: “jabao maldito”.

“Voy a estar con mi negra hasta las seis” dijo una vez un subgerente privado en la peluquería en que esperábamos turnos. Pero luego mostró una foto de su consorte con un  rostro sin  rasgos de oscuridad.

“¿Viste qué prieta más buena?” exclamó casi exaltado un colega al ver, solo de espaldas, a una joven curvilíneaque entraba a una plaza de la Lincoln. Luego comprobamos  que se trataba de una mujer de piel muy clara. Pero él siguió con una perspectiva de etnia asociando la desmesura de los glúteos al balsié.

En este país cualquier nieto será: “mi morenito bello que acaba de nacer”, aunque está previsto que horas después lo morado de su piel desaparecerá, sobre todo si se trata de una madre que fue fecundada por un alemán de los tantos que hacen uniones con criollas.

Un estudiante que viajaba con regularidad  al ingenio Quisqueya contaba después  con su temperamento festivo que desde que llegaba a la parada de minibuses  escuchaba  una voz hospitalaria que decía algo como: “venga indio, que aquí tengo un asiento para usted”. Luego, cuando ya el vehículo se acercaba a su destino  el chofer advertía refiriéndose a él: “cóbrale pronto al prieto de la tercera ventanilla para que no se baje sin pagar”. En fin, los afectos y los estados anímicos parecen a veces  más determinantes que los ojos para atribuir colores.