LA COLUMNA DE HORACIO

Entre el secreto bancario y la inevitable indiscreción
En este país,  y seguramente que en otros parecidos, existen potentados que prefieren que buena parte de su patrimonio y movimientos de cuentas  estén a buen recaudo de miradas indiscretas que puedan conducir a los inconvenientes de pagar más impuestos o a que el dolo aparezca como causa importante del enriquecimiento.

Pero si las autoridades se armaran de paciencia y celos para el cumplimiento de sus deberes, con el tiempo aparecería la pifia o la ostentación. Presumo  que el acumulador tradicional de bienes y liquideces difíciles de explicar no puede resistirse demasiado al hecho de poseer  en demasía con qué comprar un lujoso  auto Mercedes Benz y no hacerlo.

Es ostensible, sin embargo, que en este medio el guardián de la ley tarda mucho  o nunca repara, en las señales que delatan fortunas de escasos  fundamentos. Por eso, señores que pasan una sola vez por el gobierno y  por un único cuatrienio, gastan y exhiben después una posesión de abundancia que en Francia hubiera requerido 180 años de servicios al Estado.

Un general que haya sabido aprovechar las posibilidades de su mando podría ir a  retiro con más fincas, negocios urbanos y queridas que batallas ganadas. Véase  que en tiempo de paz, un soldado nuestro ganaría más empujando el carrito de supermercado de algún ministro o gran dama del oficialismo que tratando de preservar el orden y la soberanía, cosas que se cuidan solas y que por eso están tan vulneradas.

En este confuso país, un sargento que esté a buena sombra  deja atrás en ingreso a cualquier ensombrecido capitán que se encuentre lejos de los sitios de “movida” y mecanismos de poder.

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