LA COLUMNA DE HORACIO

Memorias de bolsillo
Sin ánimo de competir con nadie, pero con el mismo empeño de otros por encontrar algo que valga la pena recordar tras doce  meses, me asalta el recuerdo de  las 181 veces que llegué  a las gasolineras con algún dinero en la cartera y salí pelado.

También viene a mi memoria el hecho cierto de que padecí menos apagones, pero  al tiempo  de que el precio real de éstos subió desastrosamente. Ahora son un poco menos pero la facturación por el servicio subió un cien por ciento.

Al miedo que le tengo a los delincuentes he tenido que sumarle últimamente el que me inspiran algunos de los hombres que los persiguen. Un tenebroso punto de chequeo en mi ruta nocturna hace que regularmente aparezca por la ventanilla de mi auto el rostro abotargado y sin afeitar de un guardián del orden que siempre me formula esta pregunta: ¿Señor, porta usted arma de fuego? Seguida de esta otra: ¿Usted cree que es justo que a esta hora yo no haya cenado todavía?

Luego, cuando en medio de la noche escucho el resonar lejano de alguna balacera  el que cuestiona soy yo: ¿Cuántas veces el retraso en el comer  no habrá estado presente en el comienzo de los intercambios de disparos?

En los últimos meses la interacción social se  redujo. Individuos del entorno que me servían a la hora de pintar la casa, soldar el radiador o limpiar el séptico quedaron sin montarse en el tren de Villa Mella. Cansados de esperar el progreso, optaron por la yola. Supongo que irán apareciendo otros tipos que hagan tales  trabajos, pero no puedo asegurar permanencia. Cuando uno conversa con esos chiriperos se convence de que no aspiran a  un Nueva York chiquito. Jamás se conformarían con  una estatua de la libertad virtual, sino exactamente con la que está en el río Hudson.