LA COLUMNA DE HORACIO

Los menús de penitencia
La privación de carne en días cuaresmales no trae pesares al estómago sino al bolsillo; y en vez de un culto a la abstinencia lo es a la desmesura de los altos precios de los productos del mar que son escogidos para sustituirla.

Cuando veo en los supermercados a esas señoras cuya indumentaria delata su alta posición económica adueñándose de carites y salmones enteros de los que yo y la mayoría de los dominicanos solo podrían aspirar a dos rodajas, siento envidia por esa forma sibarítica de apartarse del filete.

En cambio al pobre no se le pueden ir las manos en su búsqueda de apego a los preceptos y tradiciones de la cristiandad. Puede ocurrir que para no comer carne el viernes termine quedándose  sin poder comprarla tres veces más en la semana. En todo caso, la penitencia en el bajo nivel de ingreso no está en eludir a las chuletas, churrascos  y rosbif sino en tener que hacerlo recurriendo a unas góndolas de laterías donde las sardinas picantes o no esperan a los bolsillos flacos.

En los días de preparación religiosa y Semana Mayor, en algunos pasillos de los autoservicios se deberían colocar grandes letreros invitando al creyente a “tomar su cruz” al escoger. Yo lamentaría mucho no poder dirigirme hacia la zona refrigerada  donde langostas y camarones están listos para el fuego que precede su llegada al paladar.

Siento respeto por los apologistas nostálgicos del bacalao con papa y el arenque, pero les advierto que ya esas conservas son también de precios desafiantes. El verdadero sacrificio de estos tiempos, y que muchos se ven obligados a practicar,  consiste en tener que comer trozos de yuca o porciones de espaguetis sin alguna amable compañía en los platos.

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