LA COLUMNA DE HORACIO

Breve importancia del pobre
Se pasan la vida integrados a las partes negativas de las estadísticas. Unas veces como montones de desempleados y otras como carentes de acceso a la educación.

En oportunidades la prensa se refiere a ellos sin nombrarlos, porque cuando se dice que el precio del pan pasó de dos a cinco pesos ya se sabe que  el alimento va a escasear o a faltar en millones de hogares, lógicamente compuestos por los pobres.

Sin ellos las fallas lacerantes de la Seguridad Social fueran insignificantes y por tanto habría un vacío de noticias sobre la situación de miles de ciudadanos sin cobertura de calidad.

Y como millones de personas se reputan  situadas bajo de   la línea de pobreza, aquellos que dicen que este país es  tierra de injusticias tienen toda la razón.

Sin la existencia de los pobres  que  pueblan infernales guagüitas “voladoras”, que apiñan aulas desvencijadas y sin pupitres y obligan a resaltar a los llamados barrios carenciales, amenazados por la oscuridad y la delincuencia, los políticos no tendrían posibilidades de llegar a La Victoria. (No confundir con la cárcel).

Las grandes utopías o falsedades de los aspirantes y sus adláteres se cuecen con una argamasa   hecha a base de  desventuras y cuando los líderes  hablan de salvación nacional, empleos al granel, gasolina barata, derecho a emborracharse sin horario y hasta de un Nueva York chiquito, no están pensando en los pobres de Malasia, infelices individuos que están fuera de nuestro registro electoral, ni en los ricos que pisan con frecuencia los espacios de Casa de Campo.

Basta que un pobre ciudadano local pueda  también ser llamado electo  para que encuentre lugar y exaltación en las voces de los Mesías que con cantos de aleluya fungen de candidatos. En caso de segunda vuelta, más tiempo durará su importancia.