LA COLUMNA DE HORACIO

¡Que gobiernen desde abajo!
La mejor administración pública, la salvadora definitiva de los destinos nacionales,  siempre ha estado a punto de nacer, si nos atenemos al pregón de los que cortejan al votante desde el ruido de  campaña.

Mientras cree que  se dirige a     las mieles del poder, el aspirante se destaca por  decir con entusiasmo que  tan pronto llegue favorecerá  la educación y la salud, y reducirá  nóminas supernumerarias e impuestos;  llenará el país de obras y lo que menos se le cree: acabará con el peculado.

Luego, las primeras que se vuelcan contra la utopía son las estructuras partidarias que hicieron posible el triunfo, y un mal disimulado pragmatismo de quien toma las riendas comienza, paso a paso, a cambiar los sueños  de bienestar general por beneficios individuales. Les llaman  prebendas o “botellas”, según  los “méritos” del que ascendió  por obra y gracia de la política.

Así como existen naves espaciales que recorren el sistema solar sin que los que  las guían pongan un pie fuera de Houston; así como existen las teleconferencias que permiten hablar con la gente de  Siberia sin tener que ingresar a la crudeza de su clima; así como muchos chicos “chatean” y hasta practican el sexo cibernético apartándose totalmente de la forma convencional de hacer muchachitos estando  en el lugar de los hechos; así debería encontrarse la forma de que los líderes nacionales  pudieran dirigir la Cosa Pública sin tocarla. Que por un tiempo pasen a gobernarnos los perdedores; los que solo pueden enviar, sin presentarse, sus planes e intenciones al Palacio. Aquello que con creces prometieron pero que en verdad solo podría volverse realidad  si el vendedor de las ilusiones no mete las manos.

Bendito sería el día en que se pueda gobernar desde abajo; al ladito de los gobernados.