LA COLUMNA DE HORACIO

En la cresta de la maledicencia
Quisquillosa y espantable, buena  parte de la sociedad luce  como impoluto cristal de Venecia y se resiente con alarma a la primera palabrota de cualquier injurioso político.

Pero en el fondo del ser de  muchos de nosotros, el verbo hiriente  y trepanante es alimento para el morbo. El respetable auditorio de los medios que en la mañana cruje por una andanada de vituperios oída al doctor Almeyda, al día siguiente va por ahí con las antenas de su atención en alto para, frotándose las manos, saber: “¿Cuál es la nueva barbaridad de ese señor?”

En cuchicheo barrial he escuchado decir: “Para mí que lo que Alburquerque va a soltar en respuesta va a ser peor”. Me consta  con la minuciosidad con que luego siguen el curso del “debate”.

Cualquier malapalabroso lograría con sus ronchas colarse al primer plano de la atención. Y para el político promedio, despertar pasiones es preferible a pasar desapercibido.

Y agrego: un aspirante que insulte tiende a subir más rápido a la popularidad que otro selectivo y de hablar pulcro.

Pedro Candelier estaría  al menos cerca de la tercera posición electoral si le hubiera mentado sus progenitoras a dos o tres señores de jerarquía. Su ídolo Hugo Chávez, al que pretende reproducir en nuestro medio, es especialista en lanzar rayos y centellas a los adversarios y ha trapeado el piso hasta con obispos, y si bien su propuesta de reforma no pasó, fue superada en una votación de estrechísimo margen. El índice de aceptación del líder de la Revolución Bolivariana es el más alto de Venezuela.

A Eduardo Estrella y otros aspirantes  les indico que el castellano es la lengua más rica en palabras  soeces y picantes. Hace  años que lo afirmó Ernest Hemingway.