LA COLUMNA DE HORACIO

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Los utopistas que conocemos tienen una propuesta interesante  pero ellos, desde luego, siempre le han estado pidiendo peras al olmo y calabazas a las auyamas. Han llegado a la conclusión de que un “Presidente de todos los dominicanos” y de constitucionalidad absoluta tendría que llegar al solio en el colmo del desarraigo. Pactado para no subordinarse al partido que lo eligiera ni a amigos que en masa  salen a  rodear todo  lo que huela a poder en este país de la camaradería, la indulgencia y el arribo a investiduras a causa de los  abrazos y cuchicheos. Por aquello de: “Hay personas a las que no se  les puede decir que no, profesor. Además, profesor, yo no sabía que ese Señor me tenía tanta admiración y que solo hablaba mal de mí públicamente para conservar las apariencias. Usted sabe que hay roles que tienen sus exigencias”.

Para lograrlo habría  que votar por un extraterrestre o por un Frankenstein al que le amputaran cerebralmente las células de la debilidad por el elogio para agregarle las de la fidelidad a los principios. Convendría injertarle un suero para la cura de la “visión parcial”. Evitar que el mandamás dependa de retinas selectivas que se embullan con supuestos réditos políticos de largo plazo. “Usted verá profesor, que ese señor siempre ve a estar de nuestro lado”.

Además. Nuestro primer mandatario debería tener una intensificada  sensibilidad para reaccionar a los malos comportamientos  aun cuando la falta de delicadeza llegue con el sello inconfundible de los propios litorales. En la era de los trasplantes de células Madre, por algún lugar aparecerían los elementos biológicos fundamentales para desarrollar una fobia atroz a la impudicia. “Excúsenme de nuevo”.