LA COLUMNA DE HORACIO

El haitiano es ahora, y quién sabe por cuánto tiempo, el hermano que no sabíamos que teníamos. Ordinariamente lo que con él  experimentamos son roces e inconvenientes derivados de compartir una estrecha  isla con una historia  de realidades  culturales, idiomáticas y de  niveles de desarrollo que no encajan. Contra el inmigrante siempre hay pelos de punta; aquí y en la Conchinchina. Lo culpamos de la pérdida de nuestros empleos aunque son nuestros propios compatriotas los que lo prefieren y lo exprimen. Lo señalamos por la quema desastrosa de carbón, tarea que  solo hacen cuando se sienten dirigidos por individuos de nuestra propio tierra. Más recientemente los estamos vinculando a la violencia y al delito que mueven a armar cacerías en su contra aunque al mismo tiempo se ganan la fama de buenos guardianes de fincas y conjuntos habitacionales que cada día más se les confía.

A despecho de las actitudes tradicionales, el desastre sísmico del martes hizo emerger de este lado del territorio  una constructiva sensibilidad  ante la desgracia del vecino. El dominicano ha puesto  enfáticamente sus ojos y sus iniciativas al servicio de tareas para mitigar el dolor de los haitianos.

La reacción humanitaria pone  en primer plano una  receptividad y unas energías para las causas generosas  que deben ser útiles para  otros objetivos  sociales. Por más drogas, crímenes y contradicciones internas que suframos, no todo puede considerarse perdido si hemos sido  capaces de apiadarnos hondamente de extranjeros que solemos considerar  problemáticos para nuestro destino. Ese factor  de terrible destrucción humana y física que fue el terremoto emparejó sentimientos en la isla. No la hizo una e indivisible, pero si abrió una tronera que permite extender  manos a través de la frontera para dar apoyo.