LA COLUMNA DE HORACIO

A todos impresiona sobremanera el papel que juegan los rescatistas en episodios tan dolorosos como los de Haití. Seres que demuestran con su esfuerzo  que están hechos de un material para heroísmos. Gente que  por fortuna aparece todavía en este planeta de muchas degradaciones y expuesto a insólitos remeneos, cuando no es que sopla duro el viento y llueve sin  consideración para los débiles. Los imagino atentos permanentemente al devenir y a la súbita urgencia que pueda surgir en cualquier parte del mundo.

Personas que a fin de cuentas  son como todos nosotros, por lo menos en que están formados de cabeza, tronco y extremidades. Pero con una presteza particular para reunirse apresuradamente y dar el salto desde sus domicilios en República Dominicana, México. Turquía, Estados Unidos,  España y otros países, para ponerse en la brega entre  escombros y peligros extremos; en lo seco o en  lo mojado, para sacar a sus semejantes  atrapados y que parecían condenados a morir. Tenaces y valientes, constituyen un valioso recurso de la humanidad para que el rescate sea un apostolado.

Lo hacen con amor al prójimo y con evidente despreocupación por  los sueldos, recompensas, privilegios; con desprecio a los cargos rimbombantes y a los elogios que para otros cómodos roles abundan, prefiriendo el anonimato al figureo, y la acción a  la teoría. Se diría que llenan todos los requisitos que no se necesitan para ser políticos, aunque suelen ser estos lo que por lo general se llevan las palmas y aplausos por las hazañas de socorro.

Hablo de los  burócratas de ruidos y palabras por cuya desidia a  veces  las ayudas no llegan a tiempo o que con su apego a los trámites oficinescos y protocolos  provocan que haya más inconvenientes que facilidades gravitando sobre los individuos que hacen el trabajo de verdad  y a la hora de none.