LA COLUMNA DE HORACIO

De Haití nos llegó un motivo poderoso para la solidaridad y la presteza y estamos cumpliendo dignamente nuestro deber. Pero vino además un recordatorio escalofriante: la tierra tiembla sin avisos y nuestra zona sísmica ha entrado en calor como bestia indomable. Debe suponerse que los dominicanos tenemos reservados nuestros propios epicentros susceptibles de ser despertados para que sean  nuestras cristalerías las próximas en tintinear.  Es inevitable que ahora estemos más atentos a los signos precursores  y a la tabla Richter de los espantos.

Pero quiero recomendar que para protegernos del pánico prematuro  cerremos los oídos a las voces agoreras del sincretismo fatalista que están queriendo  ver en las cóleras telúricas unas reacciones providenciales contra inconductas socialmente extendidas.

Los sismógrafos registran movimientos de corteza. Pero las fallas y placas terrestres de allá en lo hondo a lo que estarían atentas es a nuestro comportamiento como república. Nada podría ser más espeluznante que esa posibilidad. Si mal andaban muchos haitianos -según esta tesis- inmensas habría que calcular  las cuentas pendientes de este lado por barbaridades   del pasado reciente que todavía no han generado ni un temblorcito. En verdad habitamos una zona de descomunales quiebras  bancarias por incontinencias y de desigualdades sociales derivadas de la mala fe  y de acciones deplorables. Por estos lares  nos hemos abstenido masivamente de lavar las culpas aunque hemos abundado en hacerlo exitosamente con dineros y propiedades bajo una égida de barones y sicarios. O esa relación de causa y efecto entre la transgresión y el castigo que alegan infaustos videntes es completamente falsa, como manda la lógica, o el subsuelo de esta parte de la isla peca de una insensibilidad extrema a la realidad de los que aquí moramos.